Estoy esperando. Otra vez. Esperando el avión que me lleve, ya de noche, a Londres. No sé si es un viaje de ida o de vuelta. Quizá porque, después de casi un año y medio viviendo fuera de Granada, no sé si mi hogar está aquí, en el sur, o en cualquier parte del mundo. Espero con las piernas cruzadas. Con el portátil apoyado sobre ellas. Junto a mí sólo tengo la mochila marrón que, al terminar la carrera, compré para llevar mi primer portátil; la misma que me acompañó durante toda la tesis, peregrinando por archivos, bibliotecas, ciudades y pueblos. En mi bolsillo guardo varias tarjetas de crédito. Una registrada a nombre de Mr. Del Arco; otra a nombre del Sr. Del Arco. Son trozos de plástico más o menos gastados, donde las letras metálicas de mi nombre comienzan a perder su brillo; son símbolos de una vida encabalgada, del uso de dos monedas, de un ahorro inexistente, de vivir al día o incluso segundo a segundo.
A estas alturas, no sé si vengo o voy, si mi viaje es de llegada o de salida. No sé si el futuro está en Granada, en Londres o cualquier otra parte. No sé si es más importante lo que dejo o lo que voy a encontrar. Es una sensación que me es conocida: la llevo sintiendo desde que volaba hacia Michigan el año pasado. Y confieso que empiezo a cansarme. Cada vez que piso un aeropuerto, una estación de autobuses o de trenes, tengo la sensación que mi vida es solo eso, viaje, tránsito, movimiento… con un destino que nunca parezco alcanzar. Quizá la vida sea sólo eso. Sin duda las cosas que he encontrado en mi camino me han hecho crecer: golpes, alegrías, caídas, desvanecimientos, esperanzas, aventuras… y caras, muchas caras de gente que me han abierto otras vidas, otros sentimientos, otros mundos. Pero comienzo a estar cansado. Me tienta la cotidianeidad, centrar mi vida, atarme a un lugar, hacerme un círculo más o menos cerrado, donde controle lo que hago y hacia donde voy día a día. Será el espíritu de conservación -maldita biología- que todos nosotros parecemos llevar dentro. Creedme: ambas opciones tienen puntos oscuros, pero también luminosos. Ambas merecen ser vividas, y yo tengo la oportunidad de hacerlo. O eso es lo que pienso, consolándome y animándome, mientras que la megafonía de este pequeño aeropuerto anuncia la salida de un vuelo barato.











