Thursday, April 24, 2008

Encuentro con la biología animal y vegetal


Este post viene inspirado por el fantástico blog de Sensualista, por una conversación con una amiga tiempo ha (T., lo prometido es deuda), y por un día de primavera.
Estas cosas suceden de improviso. Uno se levanta, se ducha, desayuna viendo los periódicos digitales, sale de casa, toma el tren… y cree que se enfrenta a otro día normal. Pero debía haberlo sospechado. Era distinto: hacía sol y la temperatura era más agradable.
Empezaron a suceder cosas extrañas. Comencé a comportarme de manera rara. Al llegar a la British Library, en el momento de escoger sitio… en lugar de hacerlo en una mesa en el hall, donde hay mas luz natural e incluso flexo… me vi “tomando posiciones” en un pupitre sin flexo, sin apenas luz natural… pero con unas “vistas” más que interesantes. Empezando a leer el primer libro, ante la poca luz, pienso en lo que había hecho y me digo: “Que cosas tienes, Bobby”. No le doy importancia al asunto, lo veo como una mera anécdota.

15.00 p.m. Tras tomar el metro, llego a la peluquería, donde tenía cita. Es una academia de peluquería donde es más económico pelarse… pero parece que es una escuela de prestigio. Está llena de chinitos, chinitas, japonesitos, japonesitas y gente de todas las nacionalidades mejorando sus cualidades con la tijera. Muchos de ellos parece que tienen buena posición económica, e incluso vienen con intérprete. Bien. Siguieron sucediendo cosas extrañas: mientras que me pelaba una coreana, Yujin, a su lado estaba una intérprete, también coreana. Mientras que Yujin estaba, tijera en mano, tratando de darle sentido a mi enorme cabeza… yo entablé conversación con la intérprete. Se llamaba “Moon” (“luna” en inglés), y tenía la belleza de esas orientales que en aquellas películas de Hollywood hacían perder la cabeza a los marinos americanos. Llevaba tres años en Londres, había vivido en Marruecos, conocía Granada y las cuevas del Sacromonte, amaba la paella, el flamenco… ¡pero bueno!, me dije a estas alturas… ¡cualquiera pensaría que le estoy tirando los tejos a la chica! Y seguramente, sin darme cuenta, lo estaba haciendo.

Salí a la calle. Oxford Street. 17.30. Hora punta. Hacía calor. De las tiendas entraban y salían mujeres y hombres; por la calle paseaban mujeres y hombres; pero yo sólo veía a las primeras. Habían dejado atrás el invierno, los abrigos, los jerseys, los impermeables londinenses… habían llegado las camisetas con tirantes, las faldas y otros elementos de la vestimenta femenina tan perniciosos para los ojos de los hombres.

Debo escapar de aquí, pensé. Caminé hacia Marble Arch… y crucé a Hyde Park. Atravesé el parque hacia el sur… pero no sirvió de nada: en el césped, apoyadas junto a los árboles, junto al lago, paseando a perros, dando de comer a las ardillas, haciendo deporte, montando en bicicleta… estaba acorralado por mujeres.

La primavera había llegado. De improviso. Lo tenía que haber sospechado. El primer aviso fue aquel día en la biblioteca de la LSE cuando, al andar, me llevé por delante a una chinita por estar mirando a una chica en el otro lado del vestíbulo.

Le ha costado. Hemos tenido nevadas, vientos y, por supuesto, lluvia. Pero la primavera ya está aquí. Y uno, a sus treinta primaveras (que no veranos), ha perdido el miedo y el pudor a reconocer el placer de disfrutar de la belleza, de los cuerpos, de las miradas, del olor de la carne, de los gestos y, en definitiva, de la sexualidad. Mirar, (con la impunidad de mi soltería) desear y disfrutar de una mujer en todas sus esferas, afortunadamente, ha dejado de ser un tabú. Sólo hay un problema: hoy ha vuelto a llover.

Monday, April 21, 2008

Humor y política

Quién me iba a decir a mí que un tío vestido de falangista iba a tener tanta gracia.

Thursday, April 17, 2008

Una giornata particolare


El buen cine tiene la capacidad de emocionarme. Aunque sea en una sala medio vacía de South Kensington, en un patio de butacas antiguo, rodeado por espectadores de avanzada edad a los que nunca vi el rostro.

Tras un día en la British Library y una rápida conferencia en un congreso de nacionalismo, hoy he ido al cine. He visto 'Una giornata particolare' (¿un día especial?), de Ettore Scola, protagonizada por Marcelo Mastroianni y Sofía Loren.

La película cuenta una historia peculiar. En la Italia fascista, Hitler llega a Roma. Todo un bloque de pisos de cualquier 'quartiere' romano va en masa a ver al Führer y al Duce; un bloque que bien podría ser la sociedad. Sólo quedan tres personas en el edificio: la portera fisgona y cotilla, plasmación de eso ojo que siempre nos mira y censura; Sofía Loren, una madre de familia casi analfabeta, con seis hijos y un marido 'camicia nera', aparentemente volcada con el fascismo; y Marcelo Mastroianni, un locutor de radio apartado de su profesión por su homosexualidad.

Y poco más, o casi nada más, es el guión de este film: él y ella se encuentran, buscan la conversación del uno con el otro. Ambos quieren escapar a un mundo que los margina, que no los tiene en cuenta y que calla su voz. La necesidad de escapar de la soledad, de buscar un abrazo, luchar por un futuro mejor les lleva a un amor perfecto... pero imposible a la vez.
Marcelo Mastroianni nos hace sentir que el cine, a pesar de los años, las ropas de otra época o las lenguas ajenas, es algo humano. Algo que podemos tocar con nuestras manos, que nos puede hacer llorar y que hace que tengamos ganas de abrazar a alguien. Mastroianni tiene ese olor del hombre cotidiano, del hombre común, pero que acaba siendo más héroe que cualquier caballero legendario. Siempre viste con ropa tradicional, sin esperpento, y mira con esos ojos de cualquier hombre, sonríe o se entristece como cualquiera de nosotros. Mastroianni vive las historias que nadie cuenta, que a todos nos pasan desapercibidas. Muchas de las cuales pueden habernos sucedido a nosotros. Quizá esas son las más importantes.

Tuesday, April 15, 2008

El club de la calle del trago

Para que mis lectores se reafirmen en la idea, del todo falsa, de que mi estancia en Londres es sólo asueto, relax y juerga... aquí va este post.

El jueves pasado entré, por primera vez, en un club londinense. No había que ir muy lejos para encontrar el 'Volstead': estaba junto a Picadilly Circus, en una bocacalle de Regent Street de nombre más que alegórico: Swallow Street, la calle del trago.

Londres es la ciudad de los clubes. Son lugares exclusivos, donde los visitantes deben estar inscritos en una lista de espera, previa reserva. Se suele exigir, además del pago de una considerable candidad por la entrada (salvo a las féminas, como siempre), un cierto grado de 'elegancia' o 'vestimenta'.

Y allí fuimos. Yen y yo, mi chino-compañero de piso, fiel amigo en este año, con nuestras chaquetas al estilo londoner. Habíamos quedado con un grupo de gente del que sólo conocíamos a una persona (la chica croupier). Las cosas de Londres: una china, una rusa, un chico de Arabia, tres españolas, y una chica de Manchester a la que no conseguí entender en toda la noche.

Era un sitio pequeño. Pista de baile con alcachofa de brillantes pegada al techo. Luces oscuras. Sin humo. Una pista de baile pequeña con un DJ bastante inspirado. Y alrededor, mesas con botellas de champagne, rodeadas por sofás de cuero negro. Había de todo: mujeres guapísimas con vestidos de gasa, al estilo de los últimos sesenta... rápidamente caí en la cuenta que, por qué no, este pudo ser uno de esos míticos clubs donde Mick Jagger, Keith Richards y, por qué no, alguno de los Beatles (quizá George, el más juerguista), desplegaban noches de desenfreno con chicas, drogas y mucho rock n' roll.

El rock había desaparecido. Pero supongo que seguían los bailes sexys, los restregones de calor y de pieles sin pedir nada a cambio. También las conversaciones a gritos, repetidas una y otra vez al no ser oidas. Y por supuesto, las peleas, típicas de este gran país donde me encuentro.

Fuimos de los últimos en abandonar el local. Nos tocó llevar a la chica china y a la chica de Manchester a casa o, mejor, a un taxi. Yo seguía sin entender nada de lo que me decía, mientras que las agarrábamos para que se mantuviesen en pie.

Además de para vivir una noche peculiar... la ocasión sirvió para algo. Comprendí por qué la mayoría de las mujeres inglesas no me atraen demasiado. Me arriesgo a volcar mis reflexiones en este blog, aún teniendo presente precedentes en que las mujeres que lo leen me asestaron severos correctivos. Por regla general, las mujeres inglesas, en estas noches, van vestidas para impresionar... demasiado; maquillajes que llegan hasta el cuello y se esconden tras las orejas; faldas tan cortas y escotadas que son más resultonas que atractivas; y unos tacones de punta fina que, todo sea dicho, no aciertan a manejar con demasiada naturalidad. A mi tercera cerveza en ese club caí en la cuenta que son tan exageradas en su vestir que bien podrían ser hombres.

La noche se cerró con esta reflexión. La mañana se abrió con otra: no volver a hacerlo. A las 9.00 estaba saliendo, ibuprofeno en boca y café en estómago, vía British Library. Ahora, desde la siempre calma West Norwood, espero vuestros comentarios.

Wednesday, April 09, 2008

JJ


Tranquilos todos: no es mi hijo el que tengo en brazos. Todavía no me ha llegado la madura edad para dar el paso y tampoco he encontrado a la tierna víctima con quien tener descendencia. Por extraño que parezca, es mi primo.

Sí: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida", cantaban los cubanos Buena Vista Club Social. Y es que por ahí van los tiros: su nombre es Juan José, más conocido como "JJ". Nació en Cuba y tiene sólo 18 meses. En esa fugaz semana en Granada tuve la suerte de conocerlo, así como a su madre, Alina.

Seguramente detrás de la sonrisa de JJ hay una historia triste, en la que mi sangre ha tenido mucho que ver. La pobreza llega a nuestras orillas... pero a veces somos nosotros los que llegamos a las suyas. El resultado es inquietante, tiene varias caras y medidas.

Pero me quedo con la imagen de este nuevo primo mío cuando, a primera hora de la mañana, justo al levantarme, me lo encontré en la cocina bailando al ritmo de la canción improvisada por mi madre. Se revolvía sobre sí mismo, agitaba los brazos, movía las caderas, sonreía y clavaba sus ojos alegres en nosotros. No tenía miedo: abrazaba a los perros y trataba de cabalgar sobre ellos. A día de hoy no sé en qué orilla terminará pasando sus días; como tampoco sé, a veces, qué orilla es más sucia.

Monday, April 07, 2008

Nieve / Snow


Justo después de una semana de calor, refugiado en la British Library Newspapers de Colindale, llegó el fin de semana. Y con él, el frío y otros amigos que vinieron a visitarme. Enseñar Londres en un día y medio es complicado. Quizá lo mejor es pasear por la ribera del Támesis. Eso hicimos el sábado, desde Westminster hasta llegar a la City of London. Caminando, escuchando a los músicos tocar, oyendo todas las lenguas del planeta, viendo a todos los mimos de la ciudad, y atendiendo a cómo el tiempo cambia poco a poco. Refugiados en la orilla sur, con la ciudad al frente, acorralados por los aviones que no cesan de perforar el cielo de Londres, entre unas nubes que a cada hora se hacen más densas, más espesas... hasta que el sol desaparece.

A la mañana siguiente West Norwood apareció nevado. Las calles estaban desiertas, los trenes vacíos y el silencio se imponía en la calle. Fue entonces cuando tomé esta foto: cuatro vías que no se tocan, que se pierden al final de un corredor, flanqueadas por unos árboles helados que nunca podrán ser más altos que el horizonte.

Friday, April 04, 2008

Una noche cualquiera


Como siempre que voy a Granada, no tengo tiempo para nada. Son unos días relámpago, que pasan volando, donde apenas no tengo tiempo de llamar a nadie, que pasan como un sueño rápido e intenso. A la vuelta tengo tiempo de digerir todo. Como lo que pasó la noche del sábado.

El sábado fue una de esas noches que parecen normales, un más. Pero en realidad, cuando uno lo piensa, suceden demasiadas cosas y, mirado desde una cierta distancias, cae uno en la cuenta que el esperpento fue el protagonista. Ahí van algunas pinceladas para los lectores: algunos estaban allí y otros no; en todo caso, podría pasar a cualquiera. Disculpad el desorden, pero el alcohol, el humo y el bullicio me hace imposible recordar tiempos.

La primera parte sucedió en "Aterriza como puedas", un bar tan entrañable como su nombre, divertido y peligroso.

- Mientras que un amigo probaba todas las esquinas y paredes del bar con una víctima, Alex y yo nos encontramos en el servicio con una chica. Las pupilas más dilatadas que Garfield, y un poco tocaílla. Muy guapa, consiguió comentarnos que no había papel en el servicio de señoras. Le respondí que qué se hacía entonces, que si se pedía papel en la barra... que no sabíamos muy bien, pues 'tu sabes, somos tíos'. A lo que ella, apoyada en la pared, espeta: 'tios, tios... en todo caso primos o hermanos' (lo decía en serio).

- Mientras que mi amigo seguía retozando por las esquinas, y todos comentábamos la jugada, lo pasábamos de cine. Y hablando de cine: mientras que las copas y las charlas caían por doquier, en el bar se proyectaba 'El guateque', la mítica película de Peter Sellers.

Cuando mi amigo terminó de visitar las esquinas del bar, huyó a su casa. Los que quedamos nos fuimos al 'Sugar Pop'. La gente, surrealista. Pero lo más surrealista la salida y vuelta a casa. Quedábamos Fernando y yo. Justo en la puerta vemos al mítico cantante de Lagartija Nick, antiguo bajista de 091. Con unas copichuelas de más, decidimos acercarnos:
- 'Tío, lo habéis bordao con el último disco', le digo.
Al hombre le alegramos el día y la semana. Muy amable, con los ojos un poco danzarines, nos lo agradece y se muestra cariñoso. Pero yo, decido darle más carrete:
- ¿Te has dado cuenta que han pinchado 'Estratosfera'? (uno de los temas más míticos de Lagartija Nick).
¿Su respuesta? '¿Ah si? Bueno, es que yo intento inhibirme'.

Caminamos al coche. Bajamos Emperatriz Eugenia, llegabamos a la Plaza de Menorca y... vemos a un corrillo de tres guitarras y 7 u 8 personas cantando como posesos a las 5.30 de la mañana. Desgañitados, coreaban de principio a fin 'Agradecido' del Rosendo. Y por supuesto, como nuestra ciudad es lo que es, todo el que pasaba por allí se sentía interpelado a cantar y a dar palmas. Pobres vecinos... pero que ambiente.

Y nos subimos al coche. Fernando llevaba dos horas a base de coca-colas. Pincha a el gran Quique González. Entonces, las típicas conversaciones: que bien lo hemos pasado, viste a cual o a tal, mira que nuestro amigo no lo entendemos, bla, bla, bla. A todo esto, pasando por el Hotel San Anton, pues lo típico: vemos a un hombre con los pantalones bajados, gallumbos enfundados eso sí, andando y tambaleandose por la calle. No hablaba con nadie, no enseñaba nada... solo andaba con la mirada perdida.

En fin, trozos de una noche, una de esas tantas que tantos habréis tenido y que, en la distancia, superan cualquier previsión y nos hacen difícil dejar nuestra casa. No sé cuántas llevo ya: noches y despedidas. He perdido la cuenta.

Wednesday, April 02, 2008

Canciones para escapar (V)

I haven't really ever found a place that I call home
I never stick around quite long enough to make it
I apologize that once again I'm not in love
But it's not as if I mind
that your heart ain't exactly breaking

It's just a thought, only a thought

But if my life is for rent and I don't lean to buy
Well I deserve nothing more than I get
Cos nothing I have is truly mine

I've always thought
that I would love to live by the sea
To travel the world alone
and live my life more simply
I have no idea what's happened to that dream
Cos there's really nothing left here to stop me

It's just a thought, only a thought

But if my life is for rent and I don't learn to buy
Well I deserve nothing more than I get
Cos nothing I have is truly mine

While my heart is a shield and I won't let it down
While I am so afraid to fail so I won't even try
Well how can I say I'm alive

If my life is for rent...

Wednesday, March 19, 2008

Los visitantes

Los últimos días han sido días de visitas. Y los visitantes no han podido ser, o son, más heterogéneos.

Primero fue el turno de Alex y Carmen. Mi viejo amigo, aquel que vino a visitarme a Nueva York e incluso llegó a colgar 'a alimón' algún post en este blog... ha estado por aquí. Ha sido un buen momento para conocer mejor a su novia: ahora entiendo por qué en aquellos días de Nueva York, aunque no hubiesen empezado la relación y él negase enamoramiento alguno... en aquel pub del Alphabet Town se echó hacia atrás y no hicimos nada.

Unas 12 horas después de su marcha, han llegado Manolo y Mati. Buenos amigos también. Manolo no habla inglés: sin embargo, demuestra unas habilidades inauditas para comunicarse. ¿En qué idioma? En ninguno. Ayer se escapó a la tiendecilla que hay junto a mi casa en un par de ocasiones: consiguió saber que no había ciruelas, se entendió con el pakistaní... Nos cocinaron a Yen -mi chinocompañerodepiso- y a mí un soberano (por grande, no por rey) 'pollo al whiskey'.

Y en medio de todo eso, la visita de Megan, una vieja amiga de Ann Arbor que se ha dejado caer por aquí. Saqué tiempo para estar con ella como pude. Nos vimos en Brixton, tomamos café, visitamos el mercado jamaicano, paseamos por el Southbank, la City... y acabamos comiendo en un koreano fantástico. Ella no paraba de sacar fotos. Le interesan las ciudades por encima de cualquier otra cosa, como muestra en su blog. Fue como si un pedazo de los días de Michigan invadiesen, de repente, las calles de Londres. Y con algún añadido:
También conocí a su amiga Eva. Una chica para la que Úbeda se quedó pequeña, también estudiar Arte en Granada, descubrir la fotografía en Barcelona... y ahora, Londres, donde busca empleo en cualquier galería. Pertenece a la misma promoción universitaria que yo, y es de esas personas que provocan, en el bueno sentido, al hablar y opinar.

Las vidas cruzadas de esta ciudad no tienen fin. Todas estas siluetas, en menos de dos días. Mientras tanto, este blog dormía abandonado, a la vez que por las calles de Granada ya se pasearán las procesiones de Semana Santa... y esta biblioteca se ha quedado desierta.

Tuesday, March 11, 2008

Mi personaje (IV) - Una tarde con Lucila

No. Tranquilos. No me vuelo, no me llevan los aires que azotan Inglaterra; tampoco me arrastra el Támesis. Algunos os habéis molestado en escribirme un correo para preguntar por mi destino. Tranquilos: resisto en mi pequeño suburbio del sur de Londres.
Hoy ha sido un día especial. Otra vez me he cruzado con la historia de "Carlos Posada", "mi personaje". Este hombre al que ya dediqué posts anteriores: escribió un diario durante la Guerra Civil y, el destino, me hizo encontrarme con su hija, autodesterrada en Londres, y su nieto.

Bien: hoy he ido por primera vez solo a visitar a Lucila, su hija. Tiene 85 años, una vitalidad increíble y una vida que no quiere apagarse. Vive sola en la zona de Earl's Court. Y me esperaba a las tres de la tarde.
Entre la lluvia y el viento, me presenté en su puerta diez minutos tarde. Rápidamente, nos sentamos en su salón, mirando a un jardín interior. Y mientras que la lluvia cae sin cesar, mientras que las ramas de los árboles quieren entrar en nuestra conversación agitándose sin cesar... se abren las puertas de la Historia.
Enchufo la grabadora, con su permiso. Y comenzamos a conversar. Se nos va el santo al cielo. Lucila habla de su niñez, de sus creencias, de Dios, de la guerra civil, de la república, de la posguerra, de cómo conoció a su marido, de cómo educó a sus hijos, y de quién era su padre... Lo hace con templanza, pero apasionada: a sus años, sigue sin entender cómo llegamos a aquello, por qué asesinaban a gente bajo su casa del Parque Metropolitano en Madrid de 1936... y por qué en la España franquista la represión retumbaba a sus espaldas, mientras que recordaba cómo un buen día, mientras que su padre le daba clases de francés, se la llevaron a la cárcel de Ondarreta (San Sebastián). Frecuentemente, se interrumpía a sí misma y me preguntaba: "ah, ¿pero no quieres nada? ¿no quieres un té? ¡No te he dado nada, soy un desastre!"

Creo que Lucila ha sido feliz reviviendo su pasado. Cuando apagué la grabadora, seguía hablando y tuve que encenderla un par de veces más. Incombustible. Asumía que la guerra civil, pese a sorprenderla con escasos 16 años, fue el acontecimiento de su vida. Quizá Lucila necesitaba hablar.

Después, me ha enseñado unas fotos fantásticas de su padre y su familia. Me empeñé en ir a escanearlas. Se ofreció a acompañarme... ¡conduciendo su coche! No sabía qué podía pasar. Entre la ventisca, la lluvia y las hojas caídas, su coche avanzaba hacia High Street Kensington. De milagro no nos matamos. Los autobuses de dos pisos, los taxis y los lujosos coches de Chelsea pasaban a menos de un palmo de distancia...
Finalmente llegué a la copistería. La verdadera sorpresa del día llegó al pagar: 47 libras. Palo de los buenos. Mis cálculos económicos mensuales a la basura. Volví a casa andando, pues Lucila no podía aparcar su coche y tuvo que regresar (casi lo preferí). Helado, volví a llamar al timbre. Otra vez me recibió, esta vez con unas tostadas, agua y helado de fresa.

La dejé pegada al teléfono, hablando con una antigua amiga de la Institución Libre de Enseñanza, donde estudió. Minutos antes me confesaba que, aunque lucha cada día contra la soledad, no supone para ella ningún problema. Pensando en todo eso, salí a la calle, me tragó la boca de metro, llegué a una estación Victoria desierta y, por fin, a West Norwood. La experiencia hizo que los 47 pounds se quedasen en una anécdota que debía ser contada en un post tan largo como este.

Monday, March 03, 2008

El Graduado / The Graduate

Ya no se hacen películas como esta: tan originales, con una historia tan buena que contar y unos actores espectaculares. Pero, a veces, las cosas tienen que llegar en el momento justo para que no pasen desapercibidas y podamos valorarlas. Ha sido el caso de "El Graduado" (1967).

Es la historia de un joven graduado, de familia muy acomodada que, al terminar la carrera, no sabe dónde dirigir su vida. Es entonces cuando el sexo y, después, el amor, salen a su paso. Juventud, sexo, amor y soledad, palabras que seguramente tienen mucho más en común de lo que acertamos a comprender. Como esa escena en el campus de la universidad, en la que el protagonista está sentado, sin nadie alrededor, esperando a la mujer que tiene que decidir, con su opción, qué será de su futuro. Es en ese, o en otro momento de la película, cuando escuchamos eso de "hola oscuridad, querida amiga, vengo a hablar contigo otra vez", en esa banda sonora que parece provenir de otro mundo.

Estar enamorado supone hacer cosas estúpidas, irracionales, sin sentido. Cuando todo está calculado, cuando se siguen los pasos correctos y definidos por nuestro entorno... quizá no lo estemos. Benjamin, (Dustin Hoffman) el protagonista, deja su casa, su vida, decide que va a casarse con alguien que lo detesta, suplica el perdón de lo imposible... y destroza una boda. Cruza los límites, como hacen los verdaderos héroes, rebasando las normas sociales, como hacen los hombres y mujeres enamorados. Si Marlon Brando se bajaba los pantalones y enseñaba el culo a la caduca burguesía en "El último tango en París"... Dustin Hoffman asalta una iglesia, grita, golpea los cristales, abofetea al padre de la novia, la abraza y, blandiendo una cruz (todo un símbolo), mantiene a raya a los que se oponen a sus sueños. Esa misma cruz sirve para encajar la puerta y dejar a la sociedad hipócrita, a lo establecido, encerrada en su templo.

Él y ella, de blanco, escapan en un autobús sonriendo, emocionados. Pero los sueños y el amor dicen que duran poco. Y cuando se tiene lo añorado los sueños se diluyen, la magia desaparece, el futuro se hace plomizo. La última escena nos anuncia la normalidad más cansina, seguramente tan ajena al amor, y tan propia de los que alguna vez estuvieron enamorados: sin un beso, sin una caricia, sin una mirada, los novios miran al frente con la mirada perdida, sin brillo, mientras que el autobús sigue su camino.

Wednesday, February 27, 2008

Tortillas, debates y pasado

Dos fogonazos en el tiempo y en el espacio, uno mío y uno ajeno. Todos, de una u otra forma, me pertenecen.

1. Hace un par de días, preparaba una tortilla de patatas en la cocina de nuestra casa malaya-española de West Norwood. Posiblemente para buscar inspiración culinaria, pero también por la preocupación que tengo por mi país aún en la distancia, lo hacía con el portátil encendido, junto al microondas: escuchaba el debate entre Zapatero y Rajoy. Comentarios aparte sobre el aburrido, bilateral y plano debate, hubo un momento en que Mariano Rajoy acusó al presidente del gobierno de preocuparse por "cosas que a nadie importan" como, entre otras cosas, la Ley de la Memoria Histórica.

2. Al día siguiente, leyendo en la biblioteca sobre la guerra civil, encontré un testimonio de aquellos años. Era de un hombre común, un riojano humilde que, tras estar en la cárcel, iba a ser asesinado. Escribió una última carta a su familia, despidiéndose:

“Mi querida esposa e hijos:
Al recibir esta carta no sé si yo, en vida o muerto, os ruego me perdonéis si durante nuestro matrimonio os pude molestar en algo. Las circunstancias de la vida me trajeron a esto, no por haberme hecho acreedor a ello, ¡estar seguros!, sino por malos quereres a la familia, y que en mí se cebaron. Con entera resignación lo soporto ya que también Jesucristo sufrió por todos y pagó culpa que tampoco había cometido. Vito,[su mujer] por todos los medios te ruego en mis últimos momentos no des padrastro a nuestros hijos, lucha hasta el fin por ellos como yo en todo momento sabes he luchado por la vida, y sólo para vosotros: dales buenos ejemplos, procurando siempre no dejar a las hijas caer en el vicio; y a nuestro Chomí, hoy niño, luego hombre, moldéalo para que como yo sea amante de su familia y prójimo: a ti nada he de decirte, puesto que eres modelo de esposa, eso sí, no des padrastro a nuestros hijos, vive con tus ancianos padres, que aunque viejos te ayudarán en todo que puedan, como siempre. Y nada más, querida esposa e hijos, me quitan de vosotros, lo que más quiero en el mundo, para mandarme al otro, el de los olvidados para siempre. Adiós a todos, acordaos un poco de mí.
Tu esposo, Cipriano”.


Posiblemente nada cambie después de las elecciones. Gane quien gane. Pero testimonios como estos son más nuestros que las palabras encorsetadas, los eslóganes y los discursos con olor a rédito electoral de los políticos. Dicen que el futuro es nuestro, "de todos los españoles": ¿es acaso nuestro pasado reciente de todos los españoles? Algunos se empeñan en que no lo sea.

Monday, February 25, 2008

Un barrio, Camden Town

Camden Town fue el primer barrio de Londres que visité. Venir a Londres como turista es ver museos, pasear (y comprar) por Oxford Street, deslizarse por el Soho de bar en bar, ver el ambiente de Convent Garden... pero al ir a Camden se descubren los barrios.

Londres tiene, en sus barrios, el olor a pueblo, la marca de algo apartado, pequeño, en mitad de una gran ciudad. Camden es buen ejemplo de ello, aunque esté inundado de turistas. Es célebre su mercado. Al norte de Londres, los fines de semana, nada más bajar en la parada de la "Northern Line" uno percibe que ha llegado a un lugar peculiar. El mercado llega casi a las barreras de entrada de la estación y la gente se agolpa en torno a ella. En Camden, lo heterogéneo sale a la calle: rastafaris, punkies, rockers, grunges (si todavía existen), modernillos, pintillas, góticos... junto a turistas curiosos que, por su aspecto y olor a normalidad, están completamente fuera de lugar.

Subiendo la calle principal, Camden Road, encontramos cada vez más tiendas. Cruzamos el canal, donde siempre el mismo tipo nos ofrece cualquier droga (todas). Sobre el puente podemos ver las tiendas, las barcas, los torbellinos de gente, el agua, los barcos, el humo de los cigarros (y otras cosas), las terrazas... cuando es un día soleado, es de los mejores lugares de Londres. Tengo un buen amigo que vivió en Camden y que, junto al muelle, pasó una de las mejores tardes de su vida.

Tras el canal, hacia el norte, las tiendas te atrapan. Hay tiendas de todo. Pero si por algo es conocido Camden, es por la ropa. Hay ropa hippie, sesentera, vintage y de segunda mano, gótica, heavy, ochentera, exótica, militar, galáctica y, una de las atracciones del mercado, ropa cyborg. Todo adobado por tiendas de comida rápida, donde la comida barata de Japón, México, India... y por supuesto, China, quedan a nuestro alcance.

Camden tiene el aspecto de un lugar especial. Y es un barrio especial. La gente que lo habita es buena prueba de ello. Aunque son visibles los fines de semana, los turistas los entierran. Por eso, entre semana, Camden es otra cosa. El mercado es más transitable. Los dependientes, casi siempre gente joven, suelen residir en el barrio, y la gente que camina por la calle también. Están más a la vista los bares con música en directo, tales como el "Bar Fly", "The Roundhouse" o el mítico "The Dublin Castle", donde dieron sus primeros pasos grupos como Blur o Coldplay. También se esconden pubs como "The Lock Tavern", uno de esos bares siempre difíciles de abandonar, donde incluso en tardes de lunes surge lo más inesperado.

El otro día se declaró un incendio en Camden. A cuenta de ello viene este post. No cabe duda que no supondrá ningún reto para el futuro del barrio. Por lo vetusto de sus edificios, de ladrillo oscuro eterno, por el carácter de sus vecinos, y por los jugosos intereses económicos que se esconden tras el mercado, saldrá a flote. El día del incendio, en el "Bar Fly", se celebraba un concierto de música metal. Las llamas paralizaron el concierto, los heavys salieron a la puerta enfervorecidos, gritando y admirando el poder de unas llamas que se alzaban veinte metros sobre el mercado. Después de la catástrofe, siempre renace algo nuevo.

Thursday, February 21, 2008

Esperando / Waiting

Estoy esperando. Otra vez. Esperando el avión que me lleve, ya de noche, a Londres. No sé si es un viaje de ida o de vuelta. Quizá porque, después de casi un año y medio viviendo fuera de Granada, no sé si mi hogar está aquí, en el sur, o en cualquier parte del mundo.

Espero con las piernas cruzadas. Con el portátil apoyado sobre ellas. Junto a mí sólo tengo la mochila marrón que, al terminar la carrera, compré para llevar mi primer portátil; la misma que me acompañó durante toda la tesis, peregrinando por archivos, bibliotecas, ciudades y pueblos. En mi bolsillo guardo varias tarjetas de crédito. Una registrada a nombre de Mr. Del Arco; otra a nombre del Sr. Del Arco. Son trozos de plástico más o menos gastados, donde las letras metálicas de mi nombre comienzan a perder su brillo; son símbolos de una vida encabalgada, del uso de dos monedas, de un ahorro inexistente, de vivir al día o incluso segundo a segundo.

A estas alturas, no sé si vengo o voy, si mi viaje es de llegada o de salida. No sé si el futuro está en Granada, en Londres o cualquier otra parte. No sé si es más importante lo que dejo o lo que voy a encontrar. Es una sensación que me es conocida: la llevo sintiendo desde que volaba hacia Michigan el año pasado. Y confieso que empiezo a cansarme. Cada vez que piso un aeropuerto, una estación de autobuses o de trenes, tengo la sensación que mi vida es solo eso, viaje, tránsito, movimiento… con un destino que nunca parezco alcanzar. Quizá la vida sea sólo eso. Sin duda las cosas que he encontrado en mi camino me han hecho crecer: golpes, alegrías, caídas, desvanecimientos, esperanzas, aventuras… y caras, muchas caras de gente que me han abierto otras vidas, otros sentimientos, otros mundos. Pero comienzo a estar cansado. Me tienta la cotidianeidad, centrar mi vida, atarme a un lugar, hacerme un círculo más o menos cerrado, donde controle lo que hago y hacia donde voy día a día. Será el espíritu de conservación -maldita biología- que todos nosotros parecemos llevar dentro. Creedme: ambas opciones tienen puntos oscuros, pero también luminosos. Ambas merecen ser vividas, y yo tengo la oportunidad de hacerlo. O eso es lo que pienso, consolándome y animándome, mientras que la megafonía de este pequeño aeropuerto anuncia la salida de un vuelo barato.
[Aeropuerto Federico García Lorca, Granada, 21.00 horas, 20 de febrero de 2008]

Wednesday, February 20, 2008

Canciones para escapar (IV)

Aunque no venga a cuento, aunque no sea a propósito de nada y aunque este video no tenga sentido... hacía mucho tiempo que quería colgarlo. Porque las canciones de amor acaban siendo siempre las mejores.

Tuesday, February 19, 2008

De chinos, de años y de ratas

Debido al estrés, viajes, disfrutes varios y resfriados... últimamente he dejado de escribir en el blog. Prometo recuperarlo esta semana: así que preparaos para el aluvión de noticias.

El 7 de febrero pasado comenzaba el Año Nuevo chino. Lo que hubiese sido una fecha anecdótica en Londres, y del todo inexistente en Granada, en mi situación no podía pasar desapercibida: vivo rodeado de chinos.

Mi compañero de piso y amigo, Yen, es de Malasia. Es heredero de esos mercaderes chinos que, hace siglos, saltaron a las islas asiáticas en busca de un comercio floreciente. Mi otro amigo chino es James: más conocido como Jaimito, es de Hong-Kong, y no quiere saber nada de la República China aunque ama, por encima de cualquier cosa, la cultura china. Ambos hablan chino cantonés (Yen también mandarín). Ambos son arquitectos. Y ambos están entre dos mundos: después de más de 10 años en el Reino Unido, todavía hablan con unas familias tan lejanas en la moral como en el espacio. Ambos no niegan que deben volver, se lo deben a sus familias, la vejez de sus padres está cerca... pero su felicidad está en Londres, donde comparten una moral más abierta, donde se encuentran aceptados y, sobre todo, pueden elegir.

Y no renuncian a su cultura. El jueves pasado estábamos los tres en China Town. 6.30 p.m. Primera planta del restaurante "La isla del dragón". Ambos (no yo), leyendo en chino, pidiendo en chino, comienzo en chino. Todo un lujo estar con ellos, os lo aseguro. Y, ¿quién dijo que los chinos eran aburridos? ¿quién dijo que los chinos eran todos iguales?

Me confesaron que mi signo chino es el caballo. Decepción: pensaba que era el perro. Estamos en el año de la rata, cuando el calendario chino vuelve a girar, a empezar de nuevo. Y también me explicaron en qué consiste el calendario chino. Es un calendario lunar, y cada año responde a un animal. Como en todas las tradiciones asiáticas, detrás de un hecho parece esconderse una leyenda. En el comienzo de los tiempos, los dioses organizaron una carrera en la que los animales tomarían partido. La rata era íntima amiga del gato; tanto que trabajaron juntos para vencer en esa prueba. A lomos del felino, la rata guiaba con sabiduría y tenacidad hacia la meta. Antes de llegar, y puesto que la ventaja era tan amplia, sugirió al gato descansar. El gato cayó en un profundo sueño; la rata aprovechó para llegar a la meta. Desde entonces, ambas razas se odian, y el primer año del mundo fue consagrado por los dioses a la rata, prueba de inteligencia y astucia. A los que hayáis nacido en el 2008 (muy pocos), 1996 (pocos), 1984 (alguno más), 1972 y 1960... este es vuestro año. Y vuestra leyenda.

Thursday, February 07, 2008

Spanish Embassy


No todo van a ser reflexiones metafísicas en este blog. Sí, ya sé que quedaron atrás esos días de noviembre y diciembre de 2007 donde abundaban también los periplos por los bares, mercadillos y cualquier excusa para el ocio. Este es un blog de postín, de categoría y a veces poco entrañable; por todo ello, os animo a que os vistáis de gala y me acompañéis en este post.

El pasado miércoles, algunos investigadores del Cañada Blanch (el instituto de historia contemporánea donde trabajo, insertado en la LSE) fuimos invitados a la Embajada española en Londres. La excusa -y qué buena excusa- era la conmemoración de los 200 años de la muerte de Antonio José Cavanilles (1745-1804), quizá el botánico español más destacado de todos los tiempos. El embajador, conde de Miranda (¿o tal vez era marqués?), presidiría el acto. Se requería chaqueta.

Ya el sábado pasado, nos pasamos por el mercadillo de Camden Town para buscar cualquier chaqueta o ropaje que aparentase seriedad. Nuestra economía no nos permitía otra cosa. Por supuesto, no encontramos nada. Finalmente, y por consejo de mi buen amigo Toni, un fiera en esto de las gangas, dimos con unas chaquetas de saldo en una tienda de postín en Oxford Street.

El miércoles, a eso de las cuatro de la tarde, ahí estaba yo, en mi casa de West Norwood, barrio popular donde los haya. Todo listo. Menos una cosa: la corbata. O mejor, el nudo de la corbata. Finalmente, en la soledad de mi cuarto vencí el miedo, "googleé" en el ordenador y encontré la receta para hacerme el nudo. Satisfecho, o eso creía yo, salí a toda prisa.

La Embajada está en el barrio de Chelsea, en Belgrave Square. Quizá es la zona más rica de Londres. Y allí estábamos todos. Yo, confiado, contento con mi nudo y mi independencia viril, símbolo de madurez... cuando, nada más entrar, alguien me pregunta:

-¿Cuántas veces te has hecho el nudo de la corbata?
-Es la primera, respondo feliz.
-Se nota, me replican.

La casa era impresionante. Era una mansión victoriana, con muros y molduras en blanco, artesonados y techos de escayola fina, cortinas impresionantes. En las paredes colgaban tapices del siglo XVIII, y otro salón estaba cubierto por cuadros enormes pintados por el yerno de Goya. A la entrada, había un bargueño de esos que los conquistadores llevaban a América, con un Belén en su interior. Todo, al parecer, Patrimonio Nacional.

El acto en sí fue ameno. Los asistentes, de punta en blanco. Las mujeres muy elegantes. Y los hombres, con chaqueta y nudos de corbata más presentables que el mío. Este Cavanilles fue un tipo interesante: de ser sacerdote en Valencia, le dio por salir de su ciudad, acabando en el París de la Revolución Francesa y en el Madrid de Carlos IV. Desde su jardín botánico descubrió al mundo más de 200 plantas. Y, dos siglos después de su muerte, a nosotros nos descubría la Embajada.

El acto acabó con unas entregas de regalos entre las diversas instituciones. Entonces, tomó la palabra el embajador y animaba a compartir un vino. Empezaba lo bueno.

El ágape fue servido en un salón impresionante, con una mesa de unos 15 metros de largo, con sillas antiguas y acolchadas en terciopelo rojo. El comienzo no fue muy triunfal, con toda sinceridad. Alguno de mis compañeros calificó al jamón como "de Mercadona". A mí, acostumbrado a los pocos lujos londinenses, me supo a gloria. Luego vendría lo mejor: calamares, gambas, dátiles con bacon y otras degustaciones que no puedo dejar de calificar como entrañables. Quizá fueron los calamares y, sobre todo, las croquetas, los reyes de la noche. Aunque el vino blanco tuvo "su aquél".

Precisamente con una copa de vino nos paseamos por la casa, acompañados por la agregada cultural. Nos relató en breve su historia. Al parecer, fue comprada por 100 años al duque de Westminster; pasado ese tiempo, volverá a sus manos. Este señor posee gran parte de la zona donde nos encontramos y, por lo que deduzco, nunca pasará hambre. El dueño anterior de la impresionante mansión fue, nada más y nada menos, que el armador que construyó el "Titanic". Nos enseñaron el salón, con una impresionante chimenea, donde supuestamente se firmaron los planos.

Y poco más. Conversaciones, muchas formas y maneras, muchos "usted", "señor" y "señora". Fue toda una experiencia, hay que confesarlo. Pero como tomando una tapa con los amigos y dejándose llevar... no hay nada. Quizá soy demasiado castizo. Además, para quiénes os lo estésis preguntando... para colmo en la reunión del embajador, no hubo "Ferrero Rocher".

Tuesday, February 05, 2008

Luchar contra uno mismo


Siempre me ha admirado la capacidad de hombres y mujeres para superar la adversidad. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier situación, considerar normal una posición de postración atroz y salir adelante. Cuando leemos los testimonios de Primo Levi en el campo de concentración, constantemente nos asalta la duda de por qué seguir viviendo, por qué continuar. Hay algo dentro de nosotros que nos impulsa a luchar, a no bajar los brazos. Un instinto de supervivencia que nos lanza a la vida, a veces a costa de llevarnos por delante a quien sea necesario. Pero además de esta cuestión, hay una no menos difícil: luchar contra nosotros mismos.

Tenemos a nuestros pies la vida. Y vamos pasando por triunfos y fracasos. Frustraciones que arrasan nuestro orgullo, pequeños triunfos que inflan nuestra vanidad. Vivimos en un pulso constante con el triunfo personal, con demostrar a los demás y a nosotros mismos que seremos lo que queremos ser (y lo que los otros esperan que seamos). Una lucha constante entre el correr como un relámpago hacia nuestros objetivos, caminar a trompicones a veces, retroceder otras muchas. Para no rendirnos, para tener el cuerpo y el alma unidos, debemos decirnos a nosotros mismos que somos capaces de llegar donde queramos. Y en ese camino, debemos mentirnos constantemente, negar la realidad y, sobre todo, refugiarnos en "ese limbo en que la memoria guarda las derrotas", que cantaba Lapido.

No es sólo hablar de autoestima, no es sólo hablar de mentirse a sí mismo, de olvidar las derrotas y ensalzar las victorias. Es luchar contra nosotros mismos. Sin vivir aplastados por sueños estelares, las pequeñas alegrías de lo cotidiano, los pequeños triunfos de lo que realmente nos hace felices, están a la vuelta de la esquina. Apretemos los dientes, cerremos los puños, miremos al frente y comencemos a caminar. El mundo, ahí fuera, sale al encuentro.

Thursday, January 31, 2008

Niños de la guerra

Intentaré ser breve pues quizá últimamente me alargo con los post, y seguro que os aburro.
Ayer tuvimos la oportunidad de ver el documental 'La generación del Gernica'. En él se hablaba de todos los niños republicanos que, ante el peligro de la Guerra Civil, los bombardeos de las ciudades y los avances de las tropas franquistas, fueron enviados al extranjero por sus padres. Aparecían sus propios testimonios, muchos años después. Contaban cómo sus familias tomaron la decisión de separarlos de ellos, cómo fueron esas despedidas en las estaciones, en los puertos, cómo algunos de sus padres se arrepentían en el último momento y, llorando y gritando, trataban de alcanzarlos por los andenes, desesperados. Hablaban de cómo fue el viaje, la llegada, la acogida en países extraños y, por supuesto, el resto de su vida. Marcharon a México, a Inglaterra, Bélgica y a la Unión Soviética. Las imágenes eran desgarradoras. Muchos hablaban con acento mexicano o inglés. Era el caso de Herminio Martínez.

Herminio Martínez estuvo ayer, en vivo, con nosotros. Contó su experiencia. El niño, ya anciano, todavía se emocionaba al relatar lo que había vivido, cómo se sentía. Según confesaba, al llegar a Inglaterra el gobierno inglés no los quería, por miedo a indisponerse con Alemania. Fueron ayudados por familias y asociaciones. Emprendió su vida por estas tierras, formando una familia con una mujer suiza. Escogió la profesión de maestro: tal vez por ver la importancia de saber leer y escribir. Recordaba cómo sus padres, vascos, eran analfabetos; sin embargo, a los 3 años él pudo estudiar en una escuela gratuita fundada por la República. Cuando salió de España tenía tan sólo 7 años, pero ya sabía leer y escribir. Herminio hablaba de este hecho como uno de los más fundamentales de su vida. Quizá esa era la verdadera revolución de la República de la que nunca hablaría el franquismo.

Al terminar la guerra civil, su familia lo reclamó. Recibió una notificación con la firma de su padre para que regresase a España. La Cruz Roja, que tramitaba las extradiciones, se opuso. Según supo al reencontrarse con su madre más de 20 años después, no fue su familia quien lo reclamó. Su padre se encontraba en prisión, y su madre se deshacía en dar de comer a cinco hijos, no pudiendo mantenerlo. También supo que las autoridades franquistas trataron de forzar a sus padres para que lo reclamasen. Finalmente, falsificaron sus firmas pero la Cruz Roja impidió su regreso.

Todavía hoy Herminio y sus amigos, los otros 'niños de la guerra', se reúnen en el centro social de mayores en Camden Town (Londres). Para él y los suyos no importa ser españoles o ingleses, pues su experiencia les había hecho volar por encima de las fronteras. Hablaba español con acento inglés, pero guardaba la personalidad de un español común, extrovertido. Herminio tenía el aspecto de ese hombre común, cotidiano pero heroico, que construye el mundo en el día a día, desde abajo, y que parece no darle importancia a la pérdida de una infancia y de unos sueños que se vio forzado a cambiar.

Monday, January 28, 2008

Permitidme tutearos, imbéciles


Probablemente conozcáis el artículo que, el 23 de diciembre de 2007, publicó Arturo Pérez Reverte. Yo no lo conocía hasta ahora. Pego abajo el comienzo y remito a su página web para leerlo al completo. Estemos más o menos de acuerdo con lo que dice, es obvio que el intelectual tiene que mojarse, tiene que mancharse con lo que le rodea. El intelectual orgánico no es intelectual. Quizá a veces hay que perder un poco la diplomacia, decir lo que se piensa a borbotones, con sentido, pero lo más real y abiertamente posible; en ocasiones, suavizando las palabras segamos la realidad. Y lo que pasa en este país con la Educación puede ser un buen ejemplo.

'Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía [...]'