
Nuestros nombres son de las cosas más casuales y definitivas que encontramos en la vida. Casual porque no depende de nosotros: en todo caso de la voluntad de unos padres, de un suegro o una suegra. Y definitivo porque nos acompaña hasta la muerte: esas letras van en nosotros desde que salimos del paritorio hasta que volvamos a posarnos en la tierra. Su pronunciación traerá reacciones, provocará imágenes y sonidos.
Pero aún así, la voluntad de los padres a veces se ve doblegada. Nos dan un nombre. Nos imponen cómo seremos llamados. Pero la vida y los que nos rodean reformulan o vuelven a moldear nuestro nombre. Así, a veces, llegamos a tener varios.
Tengo, a grandes rasgos, tres nombres: Miguel Ángel, Migue y Miguel. A grandes rasgos porque no cuento con otros calificativos, no menos importantes (Chillo, Migui, Miki, Miquele... y por supuesto, Bobby). Tres nombres que han barajado mi vida y la gente que ha pasado o pasa por ella. Nunca entendí por qué escogían uno u otro. Y cuando me preguntaban cómo quería ser llamado... la verdad es que no sabía qué decir; solía dar a escoger entre este pequeño abanico de nombres.
Tener tres nombres se ha convertido en algo natural. Tanto que me siento interpelado con igual fuerza por cualquiera de ellos. Además, a día de hoy no podría decir quién me llama de una forma u otra. Aunque sin duda, existen tendencias: Miguel Ángel es preferido por mi familia y por algunos amigos, es mucho más imperativo y quizá presentable; Migue es mayoritario en los amigos del sur, y tiene un tono más coloquial y juvenil (nunca viene mal); y Miguel siempre ha sido algo del norte, de fuera de Granada.
Miguel fue el último nombre en llegar. Comenzó a sonarme bien en Michigan. Todos me llamaban así. Fue como ser rebautizado. Empezar de nuevo a 10.000 kilómetros de distancia. Esta tendencia ha proseguido en Londres y, por supuesto, también en Madrid. No renuncio a mis otros dos nombres, pero confieso que con Miguel comienzo a encontrarme, es más mío. En todo caso, quizá la belleza o el acierto de los nombres no resida en ellos mismos, sino en aquellos que los pronuncian. ¿Están, queridos lectores y lectoras, de acuerdo?