
Dicen que nadie escapa al tiempo, y también podríamos decir que algo parecido sucede con algunas crisis económicas (al menos para algunos). Así caen imperios, vidas brillantes y espacios únicos. No hay que irse al Imperio Romano para certificar todo esto: el estado de Michigan y la ciudad de Detroit, antaño núcleo y expresión de la cultura del automóvil, se hizo pedazos. En el boom del automóvil, la suntuosa Michigan Central Station, comparable a esa Grand Central de Nueva York, comenzó a funcionar en 1808: ochenta años después fue simplemente abandonada. Hoy, en sus muros de piedra y mármol todavía resueña el eco del éxito y del desarrollo económico. El enlace que me envió mi amiga Megan hace tiempo recrea todo eso.
Quién sabe. Quizá algún día lugares como la Moncloa, el Palacio de la Zarzuela o el Parlamento de Andalucía esté así. O tal vez las sedes de los grandes bancos, todavía boyantes, o las casas adosadas y los enormes bloques levantados por la especulación. Nada permanece y, desde luego, ellos tampoco.