
No todo van a ser reflexiones metafísicas en este blog. Sí, ya sé que quedaron atrás esos días de noviembre y diciembre de 2007 donde abundaban también los periplos por los bares, mercadillos y cualquier excusa para el ocio. Este es un blog de postín, de categoría y a veces poco entrañable; por todo ello, os animo a que os vistáis de gala y me acompañéis en este post.
El pasado miércoles, algunos investigadores del Cañada Blanch (el instituto de historia contemporánea donde trabajo, insertado en la LSE) fuimos invitados a la Embajada española en Londres. La excusa -y qué buena excusa- era la conmemoración de los 200 años de la muerte de
Antonio José Cavanilles (1745-1804), quizá el botánico español más destacado de todos los tiempos. El embajador, conde de Miranda (¿o tal vez era marqués?), presidiría el acto. Se requería chaqueta.
Ya el sábado pasado, nos pasamos por el mercadillo de Camden Town para buscar cualquier chaqueta o ropaje que aparentase seriedad. Nuestra economía no nos permitía otra cosa. Por supuesto, no encontramos nada. Finalmente, y por consejo de mi buen amigo Toni, un fiera en esto de las gangas, dimos con unas chaquetas de saldo en una tienda de postín en Oxford Street.
El miércoles, a eso de las cuatro de la tarde, ahí estaba yo, en mi casa de West Norwood, barrio popular donde los haya. Todo listo. Menos una cosa: la corbata. O mejor, el nudo de la corbata. Finalmente, en la soledad de mi cuarto vencí el miedo, "googleé" en el ordenador y encontré la receta para hacerme el nudo. Satisfecho, o eso creía yo, salí a toda prisa.
La Embajada está en el barrio de Chelsea, en Belgrave Square. Quizá es la zona más rica de Londres. Y allí estábamos todos. Yo, confiado, contento con mi nudo y mi independencia viril, símbolo de madurez... cuando, nada más entrar, alguien me pregunta:
-¿Cuántas veces te has hecho el nudo de la corbata?
-Es la primera, respondo feliz.
-Se nota, me replican.
La casa era impresionante. Era una mansión victoriana, con muros y molduras en blanco, artesonados y techos de escayola fina, cortinas impresionantes. En las paredes colgaban tapices del siglo XVIII, y otro salón estaba cubierto por cuadros enormes pintados por el yerno de Goya. A la entrada, había un bargueño de esos que los conquistadores llevaban a América, con un Belén en su interior. Todo, al parecer, Patrimonio Nacional.
El acto en sí fue ameno. Los asistentes, de punta en blanco. Las mujeres muy elegantes. Y los hombres, con chaqueta y nudos de corbata más presentables que el mío. Este Cavanilles fue un tipo interesante: de ser sacerdote en Valencia, le dio por salir de su ciudad, acabando en el París de la Revolución Francesa y en el Madrid de Carlos IV. Desde su jardín botánico descubrió al mundo más de 200 plantas. Y, dos siglos después de su muerte, a nosotros nos descubría la Embajada.
El acto acabó con unas entregas de regalos entre las diversas instituciones. Entonces, tomó la palabra el embajador y animaba a compartir un vino. Empezaba lo bueno.
El ágape fue servido en un salón impresionante, con una mesa de unos 15 metros de largo, con sillas antiguas y acolchadas en terciopelo rojo. El comienzo no fue muy triunfal, con toda sinceridad. Alguno de mis compañeros calificó al jamón como "de Mercadona". A mí, acostumbrado a los pocos lujos londinenses, me supo a gloria. Luego vendría lo mejor: calamares, gambas, dátiles con bacon y otras degustaciones que no puedo dejar de calificar como entrañables. Quizá fueron los calamares y, sobre todo, las croquetas, los reyes de la noche. Aunque el vino blanco tuvo "su aquél".
Precisamente con una copa de vino nos paseamos por la casa, acompañados por la agregada cultural. Nos relató en breve su historia. Al parecer, fue comprada por 100 años al duque de Westminster; pasado ese tiempo, volverá a sus manos. Este señor posee gran parte de la zona donde nos encontramos y, por lo que deduzco, nunca pasará hambre. El dueño anterior de la impresionante mansión fue, nada más y nada menos, que el armador que construyó el "Titanic". Nos enseñaron el salón, con una impresionante chimenea, donde supuestamente se firmaron los planos.
Y poco más. Conversaciones, muchas formas y maneras, muchos "usted", "señor" y "señora". Fue toda una experiencia, hay que confesarlo. Pero como tomando una tapa con los amigos y dejándose llevar... no hay nada. Quizá soy demasiado castizo. Además, para quiénes os lo estésis preguntando... para colmo en la reunión del embajador, no hubo "
Ferrero Rocher".