
El 15 de mayo pasado nos visitó en la
LSE Josep Lluis Carod Rovira, vicepresidente de la Generalitat catalana. Este post nace con todo el respeto que se merece alguien elegido en unas votaciones democráticas, pero no dejaré de exponer mi opinión.
La figura de un nacionalista que se declara de izquierdas es todo un retrato del estado patético al que ha llegado, en algunas cuestiones, el mundo contemporáneo. La nación y la igualdad entre los hombres son contradictorios: a la hora de gobernar y decidir, ¿qué pesa mas, el individuo o la nación? A no ser que estemos concibiendo las naciones como si de clases sociales se tratase, no entiendo nada; aunque bueno, eso lo explicaría todo.
Algunas pinceladas para situar a los lectores en el acto. Sala lujosa, con unos 60 asistentes. Según me comunica algún investigador amigo, llegó a contar 14 personas pertenecientes al séquito político que provenía de Barcelona. Si a eso le sumamos los alumnos de la sociedad catalana de la LSE y demás asistentes, y tenemos en cuenta que la charla fue impartida en catalán, comprenderemos el poco sentido crítico que tendrían las palabras de Carod en uno de esos "templos de la sabiduría", que diría Unamuno.
Vamos al contenido. O mejor, a lo que no se dijo: no se pronunció en ningún momento la palabra "España", y sí "Estado español". Tampoco se habló de la Comunidad Valenciana, Baleares o Cataluña de forma diferenciada: ni se empleó el término "Países Catalanes", sino "Cataluña" para referirse a todas esas regiones y, oh sorpresas de la geografía, al sureste de Francia ("Cataluña del Norte", fue llamada). También hubo sorpresas históricas: Cataluña tiene 1.200 años de vida cuando, oh ignorante de mí, pensaba que las naciones nacieron en el siglo XIX como fenómeno contemporáneo (Hobsbawm es un ignorante y yo sin saberlo).
El momento estelar llegó con las preguntas. Ninguna cuestionó el discurso homogéneo de Carod. A todo el mundo le pareció bien que Cataluña fuese sólo catalano-parlantes, que la identidad de los catalanes fuese homogénea, que no hubiese diferencias. En un momento dado, crecido ante un público fiel, domado y preparado para aplaudir, Carod afirmó que los "españoles y Madrid somos genéticamente centralistas". Hasta los más fieles se asustaron de sus palabras, pues el jefe del gabinete de prensa se levantó de su silla, se acercó a los periodistas y, apuntándoles con el dedo, les advirtió: "no apuntéis eso, que se ha pasado". En fin, homogeneidad al canto desde un discurso que pide el reconocimiento de su diferencia. Paradojas... o extremos que se juntan en un punto.
Durante la charla, mi amigo Peter, inglés e historiador, no paraba de darme con el codo y, con cara de sorpresa, apuntaba con su dedo a frases e ideas del texto repartido en inglés. Tras el acto, le pregunté qué pensaba. Respondió que le había parecido increíble, pero que también le había sorprendido que nosotros, sentados a su lado, estuviésemos tan indignados. Le comenté que quizá con el problema nacionalista de Escocia el se sentiría igual... y me contestó: "¿y a mí que más de da? Tengo cosas más importantes por las que preocuparme".
Seguramente el discurso homogéneo, victimista y, por qué no decirlo, esencialista del bueno de Carod es importante y consigue sacarme de mis casillas. Pero también es cierto que, a veces, la mejor respuesta es no prestarle atención y verlo en la distancia. El problema es que el nacionalismo, tanto español, catalán o cualquier otro, es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de otros. Pero lo cierto es que causa un hastío... En fin, mañana más: Jordi Pujol cerrará los seminarios.