
Volviemos a coincidir en clases de francés. Siempre nos reímos de este 'doble sentido'. Entonces, ella tenía pareja y yo también. Ambos nos hemos admitido después que existía algo de atracción... pero nunca cruzamos la línea. Recuerdo que le enterneció que la dejase copiar en el examen, poniéndole mis respuestas a la vista.
El tercer reencuentro fue gracias a la música. Un día me proponía ir al gimnasio. No sin antes pasarme por un cajero on-line para sacar las entradas de un concierto de los Rolling Stones. Cuando no había forma de conectar con el servidor central, ella volvió a aparecer: siempre rubia, siempre sonriente, con sus pantalones baqueros grises, sus botas y su camiseta roja (¿o era rosa?). Volvimos a conectar con un: "oye, yo a ti te conozco", por supuesto pronunciado por ella. Yo, tan despistado como siempre, pense: "¿síiiiiii? (claro que sí, de algo que no me acuerdo pero si tu lo dices, chica, te conozco). Al final acabé cayendo en la cuenta de nuestro pasado, terminamos tomando vinos en un lugar cercano e, incluso, compramos las entradas. Siempre recordaré esa tarde que pasamos juntos, viendo una película de cine en mi casa, cuando todavía las puertas de nuestro futuro estaban abiertas.
A partir de ahí... pues construimos una amistad. En algún momento pudo haber sido otra cosa, pero creo que ambos convinimos en uno u otro momento que fuese esa la relación entre ambos. Ella es genial: inteligente, rápida de pensamiento, capaz de adaptarse a todo, culta, con sensibilidad, sentido del humor... y peculiar, sobre todo peculiar. Nunca olvidaré su visita a Roma y nuestro viaje relámpago a Venecia, la mítica pelea en la estación de tren y nuestra búsqueda de hotel en Padova.
Con ella he conocido a gente muy variada y especial: desde tenores a pianistas, a rockeros, a buitres de la noche, motoristas, o e incluso a alguna chica especial que, tras un disfraz, esconde un mundo lleno de secretos. Pero quizá la persona más entrañable que rodeaba la vida de mi amiga fue siempre su padre.
Lo vi por primera vez una tarde. Ella y yo estábamos en su piso. Llegó el con una bolsa cargada de fruta, preocupado con la alimentación de su hija. Nunca he visto más cariño entre un padre y una hija. Un buen día tuve la oportundidad de entrevistarlo, pues era un hombre que había vivido la tragedia de la Guerra Civil y el franquismo. Todavía recuerdo su mirada perdida cuando hablaba de aquellos años.