Friday, May 30, 2008

Jordi


Y llegó Jordi Pujol. Desde luego, una de las cosas que aprendí ayer es que el aspecto tiene poco que ver con el liderazgo y el carisma político. Pujol paseó sus 78 años por la LSE, habló en un inglés casi perfecto (de gramática, que no de pronunciación), con los mismos "tics" que todos conocemos.

Reflexionó sobre los retos de Cataluña en el siglo XXI. Dio un repaso por los logros, problemas y defectos de Cataluña. Fue claro: ni su partido ni él quieren la independencia de España. Tan sólo aspiran a ser reconocidos y controlar algunas atribuciones. Su discurso fue de altura, independientemente de las opiniones que uno pueda tener. Si Carod era un propagandista, radical y sin fondo, Pujol era todo un líder, un político capaz incluso de hacer autocrítica en algún momento. Por ejemplo, admitió que no habían sabido explicar a España ni a sus regiones lo que pretendían, que habían estado distantes y que se habían olvidado de que España no era sólo Madrid.

Su discurso tuvo puntos de humor. Su personalidad le hace brillar y, seguramente, también su cultura: había leído a historiadores como John Elliott, hablaba francés, alemán e inglés (como mínimo) y también demostraba haber visto mucho mundo.

Al terminar el acto, estábamos encantados. Pero fueron pasando los minutos comenzamos a desinflarnos: pensándolo bien, Jordi no dijo nada. Pero sin duda algo más que Carod.

Tuesday, May 27, 2008

Josep Lluis


El 15 de mayo pasado nos visitó en la LSE Josep Lluis Carod Rovira, vicepresidente de la Generalitat catalana. Este post nace con todo el respeto que se merece alguien elegido en unas votaciones democráticas, pero no dejaré de exponer mi opinión.

La figura de un nacionalista que se declara de izquierdas es todo un retrato del estado patético al que ha llegado, en algunas cuestiones, el mundo contemporáneo. La nación y la igualdad entre los hombres son contradictorios: a la hora de gobernar y decidir, ¿qué pesa mas, el individuo o la nación? A no ser que estemos concibiendo las naciones como si de clases sociales se tratase, no entiendo nada; aunque bueno, eso lo explicaría todo.

Algunas pinceladas para situar a los lectores en el acto. Sala lujosa, con unos 60 asistentes. Según me comunica algún investigador amigo, llegó a contar 14 personas pertenecientes al séquito político que provenía de Barcelona. Si a eso le sumamos los alumnos de la sociedad catalana de la LSE y demás asistentes, y tenemos en cuenta que la charla fue impartida en catalán, comprenderemos el poco sentido crítico que tendrían las palabras de Carod en uno de esos "templos de la sabiduría", que diría Unamuno.

Vamos al contenido. O mejor, a lo que no se dijo: no se pronunció en ningún momento la palabra "España", y sí "Estado español". Tampoco se habló de la Comunidad Valenciana, Baleares o Cataluña de forma diferenciada: ni se empleó el término "Países Catalanes", sino "Cataluña" para referirse a todas esas regiones y, oh sorpresas de la geografía, al sureste de Francia ("Cataluña del Norte", fue llamada). También hubo sorpresas históricas: Cataluña tiene 1.200 años de vida cuando, oh ignorante de mí, pensaba que las naciones nacieron en el siglo XIX como fenómeno contemporáneo (Hobsbawm es un ignorante y yo sin saberlo).

El momento estelar llegó con las preguntas. Ninguna cuestionó el discurso homogéneo de Carod. A todo el mundo le pareció bien que Cataluña fuese sólo catalano-parlantes, que la identidad de los catalanes fuese homogénea, que no hubiese diferencias. En un momento dado, crecido ante un público fiel, domado y preparado para aplaudir, Carod afirmó que los "españoles y Madrid somos genéticamente centralistas". Hasta los más fieles se asustaron de sus palabras, pues el jefe del gabinete de prensa se levantó de su silla, se acercó a los periodistas y, apuntándoles con el dedo, les advirtió: "no apuntéis eso, que se ha pasado". En fin, homogeneidad al canto desde un discurso que pide el reconocimiento de su diferencia. Paradojas... o extremos que se juntan en un punto.

Durante la charla, mi amigo Peter, inglés e historiador, no paraba de darme con el codo y, con cara de sorpresa, apuntaba con su dedo a frases e ideas del texto repartido en inglés. Tras el acto, le pregunté qué pensaba. Respondió que le había parecido increíble, pero que también le había sorprendido que nosotros, sentados a su lado, estuviésemos tan indignados. Le comenté que quizá con el problema nacionalista de Escocia el se sentiría igual... y me contestó: "¿y a mí que más de da? Tengo cosas más importantes por las que preocuparme".

Seguramente el discurso homogéneo, victimista y, por qué no decirlo, esencialista del bueno de Carod es importante y consigue sacarme de mis casillas. Pero también es cierto que, a veces, la mejor respuesta es no prestarle atención y verlo en la distancia. El problema es que el nacionalismo, tanto español, catalán o cualquier otro, es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de otros. Pero lo cierto es que causa un hastío... En fin, mañana más: Jordi Pujol cerrará los seminarios.

Friday, May 23, 2008

Rincones secretos de Londres


A veces, para encontrar los "rincones secretos del alma", hay que visitar los servicios de chicas y echar un vistazo a sus muros. Algunas pruebas de ello en un bar londinense:

How do I know if he's the one? Is this love? (¿Cómo puedo saber si el es el chico de mi vida? ¿Es esto amor?)

Love is something you don't get (El amor es algo que no alcanzas)

Open your heart to love to enter (Abre tu corazón para que entre el amor)

Does anyone know what they want to do with their life? I have no idea. What's it all about? (¿Alguien sabe qué quieren hacer con su vida? No tengo ni idea. De qué va todo esto?)

Wednesday, May 21, 2008

Oslo, con suerte



Vivo entre las páginas de los libros y el aire de todo lo que me rodea. No hay tiempo muerto. O trabajo u ocio al 100 por 100. Probablemente este tipo de vida no parezca estable ni relajada, pero confieso que me he acostumbrado... y que seguramente a partir de ahora lucharé para que nada de esto cambie.

Este fin de semana nos escapamos a Oslo (Noruega). Me llevé a mis dos buenos amigos chinos a visitar a mis también buenos amigos noruegos. Como algunos lectores recordarán, ya nos vimos las navidades pasadas, e incluso en marzo en Londres. Prácticamente nos raptaron: debíamos conocer la fiesta del 17 de mayo, la Fiesta de la Constitución, el día nacional de Noruega. Esa era la excusa, pero el fin de semana no ha tenido desperdicio.

Oslo es una capital de provincia, fría, muy cara y muy bien ordenada. Pero a veces hasta en latitudes tan extremas pasan cosas excepcionales. Como que un grupo de noruegos, chinos y un español perdido acaben en un concierto del supremo Nick Cave. Como que en la fiesta de la Constitución nos inflemos de comer un desayuno noruego, español, chino, malayo y centroeuropeo mientras que brindábamos con champán. Y mientras tanto, el inglés, esa lengua tan ajena pero que a todos nos une, borraba las fronteras de países y seres tan distintos. Y también el alcohol, porque las calles de Oslo también estuvieron unidas por la cerveza noruega (e incluso las caipirinhas).

Al día siguiente, hubo tiempo para todo: para superar la resaca, visitar el fiordo de Oslo, el centro, la modernísima Ópera, el peculiar Vigelandspark (que razón tenías Polo), el Hollenkollen, el museo vikingo... o charlar con mi amigo Morten, tal vez la persona que más disfruta con una conversación, una confidencia o un pensamiento sincero.

Dos chinos, un español y muchos noruegos. Mi vida dista mucho de ser normal. Sé que es excepcional, que tengo suerte, mucha suerte.

Tuesday, May 13, 2008

La muerte de un perro


Hay cosas tan importantes en la vida, que al escribir un post como este a uno le tiemblan los dedos. Catástrofes que barren el globo. Injusticias que claman al cielo, al infierno o a cualquiera de los dioses que unen o dividen a los humanos. Por eso, hablar de la muerte de un animal, de un sólo animal, hace que se levante en mí el recelo de la culpa, el sentimiento de ser egoísta, de estar fuera de la realidad y de obviar los problemas que tejen o hacen sufrir al mundo.

Hoy ha muerto mi perra Malena. Algunos indicios me prepararon para el momento en que, en una conversación telefónica al final del día, he tenido conocimiento de ello. Ha sido en una clínica granadina. Las dos mujeres de mi vida tomaron la valiente decisión de interrumpir su vida, de acabar sus días.

Es complicado escribir sobre ellos, explicar la relación que tienen o han tenido con nosotros. Expresar cómo estaban con nosotros día a día, cómo nos han acompañado. Cómo nos miraban, se acercaban buscando una caricia o una mirada cruzada. Cómo esperaban al oirnos llegar y eran sinceros al vernos, agradeciendo nuestra presencia, una caricia, una palabra, un juego, un mimo. Y cómo, todo eso, era tan importante para nosotros.

Son tan poca cosa que pensamos que iban a estar ahí para siempre. Se hacen tan cotidianos que se hacen imprescindibles. Sabemos que llegará el final y, cuando nos viene a la cabeza ese pensamiento, lo apartamos rápidamente, pues quizá no queremos reconocer hasta qué grado nos importan. Nunca he alcanzado a comprender si son importantes porque nos ayudan, por el bien que nos hacen, o porque significan para nosotros mucho más de lo que reconocemos o queremos aceptar. Porque después de todo, somos sus "amos".

Después de todo, creo que sin ellos no sería yo. Gracias a ellos, cuando era niño, comprendí qué era la juventud, que era la vejez y qué era la vida y la muerte. Completaron el significado de palabras como fidelidad, nobleza, simpatía, compañía, alegría o cariño. Y también completaron lo que hemos vivido, pues desde hace mucho, han estado ahí: marcando los días con sus despedidas y sus bienvenidas en la puerta, haciendo que queramos volver a casa, a refugiarnos en ellos y a buscar el entendimiento y la comprensión que a veces nos humanos no nos damos.

Sean lo que fueren, son algo intrascendente para el resto del mundo. Tampoco tienen que cambiar la Tierra. Su pérdida seguramente será anónima salvo para un puñado de hombres, y seguramente, así debe de ser. Pero para esos, para unos pocos, cuando no estén la vida habrá cambiado.

Tuesday, May 06, 2008

Una ventana al lago Michigan


Que la vida no es lineal, que las ventanas del pasado se abren en el momento más inesperado, es algo de sobra conocido. Cuando menos lo esperamos, cuando estamos en el día a día de nuestro plácido y rutinario presente, se abren esas las ventanas de par en par. Porque son ventanas, no puertas: no podemos pasar por ellas, volver a deambular por aquellos días, ver esos espacios, hablar con las gentes que allí dejamos; pero sí podemos asomarnos a su recuerdo, ver una y otra vez lo que recordamos, revivir lo sentido, lo vivido, las alegrías y las penas que todavía hoy marcan a sangre y fuego lo que somos. Valoramos entonces qué ha supuesto aquello que hemos dejado atrás. Lo que no ha merecido la pena, ya sea bueno o malo, se difumina, se pierde, no vuelve a ser comtemplado. Pero lo que es importante, aquello que nos ha hecho lo que somos... retorna una y otra vez, acompañándonos en el hoy y condicionando lo que queremos que nuestro futuro sea. Es entonces, sólo en ese momento, cuando comprendemos en su justa medida lo que nos ha hecho felices e infelices, cuando separamos lo mediocre de lo excepcional, lo gris de lo brillante.

Hoy se ha abierto una ventana a Michigan. La excusa de unas más o menos corrientes fotos de barbacoa me han llevado otra vez allí. Hoy he vuelto a ver la inmensidad del Lago Michigan, su azul sin fin; las dunas blancas de Sleeping Bear Dunes; las casas de madera, idílicas, alzadas a más de metro y medio del suelo para escapar del frío; las sensaciones de andar, ya en manga corta, por las calles de Ann Arbor, por Main St, por Liberty St -la calle donde un día viví-, pasear por los parques, el campus o la biblioteca de la universidad. Y por supuesto, he vuelto a conversar con los amigos que allí dejé, a comunicarnos como solíamos hacerlo: hablando poco pero entendiéndonos más que he logrado entenderme con nadie. He vuelto a revivir las cenas con vino, carne, tabaco de liar y whiskey, a pensar que España y los míos estaban lejos pero que era feliz. Nunca pensé que todo aquello fuese tan importante. Nunca fui consciente: cuando más me alejo, cuanto más distante quedan aquellas noches, más vuelve a mí todo lo que fui y que, ahora, no puedo dejar de ser.

Tuesday, April 29, 2008

Si toleras esto... / If you tolerate this...

La memoria y la historia golpean la una en la otra, como las olas del mar en la interminable playa del tiempo.

“Si toleras esto, tus hijos serán los siguientes”. Esa es la respuesta que, un humilde campesino galés le dio al cantante y compositor de los Manic Street Preachers a su pregunta: ¿Por qué dejaste a tu familia, tu casa, tu tierra y fuiste a luchar como voluntario a España? Esa respuesta, que da título a esta canción sobre la guerra civil, siempre me había parecido llamativa. Sabiduría campesina, sentido común del hombre pegado a la tierra y a lo que más quiere, coraje en movimiento. Un día, en un libro vi un cartel dirigido a reclutar voluntarios para la defensa de la República: “If you tolerate this, your children will be next”. Este descubrimiento, pecado de historiador, no invalida poner en juego una vida por algo en lo que se cree.

Fueron muchos los que viajaron a España para ayudar a la República frente a los sublevados. Algunos de ellos célebres: George Orwell, André Malraux, el mítico fotógrafo Cappa, Hemingway… Otros eran hombres comunes, cuyos nombres se pierden en el tiempo o en el recuerdo de esas familias que cada vez los recuerdan menos, pues la muerte no diferencia entre republicanos o nacionales.

Conocí a algunos de esos hombres comunes el sábado. La organización de brigadistas, hijos de la guerra y exiliados españoles de Londres prepararon un evento conmemorando esos días: “¡Viva la República!”. Se sucedieron documentales, poesías, charlas, venta de objetos conmemorativos, confesiones de testigos… Fue algo agridulce. Dulce porque los ves en su mundo, reconocidos por sus familiares y amigos, charlando, abrazándose e incluso emocionándose con aquellos años, con un sufrimiento que marcó sus días. Y agrio porque nadie escapa al tiempo. Son cada vez menos los que quedan: el tiempo se los acaba tragando a todos. Ver a estos antiguos voluntarios, a esos niños envejecidos, con su mirada sonriente y perdida, sus pantalones de pana, algunos de ellos con boinas vascas, apoyados en sus bastones… entristece. Es obvio que el tiempo puede con todos nosotros. Pero quizá lo más triste es ver que quizá también puede con los sueños. Que no alcanzaron ni alcanzarán aquello por lo que lucharon. A cambio, tuvieron la tortura de que ese recuerdo, la trágica y mítica hora de la guerra civil, se convirtiese en el recuerdo central de su vida. Son seres sin importancia pero que, aún siendo vencidos, estando envejecidos, tienen en sus ojos la dignidad y la honra del que ha soñado, del que se ha atrevido a lanzarse a por aquello que creía.

Thursday, April 24, 2008

Encuentro con la biología animal y vegetal


Este post viene inspirado por el fantástico blog de Sensualista, por una conversación con una amiga tiempo ha (T., lo prometido es deuda), y por un día de primavera.
Estas cosas suceden de improviso. Uno se levanta, se ducha, desayuna viendo los periódicos digitales, sale de casa, toma el tren… y cree que se enfrenta a otro día normal. Pero debía haberlo sospechado. Era distinto: hacía sol y la temperatura era más agradable.
Empezaron a suceder cosas extrañas. Comencé a comportarme de manera rara. Al llegar a la British Library, en el momento de escoger sitio… en lugar de hacerlo en una mesa en el hall, donde hay mas luz natural e incluso flexo… me vi “tomando posiciones” en un pupitre sin flexo, sin apenas luz natural… pero con unas “vistas” más que interesantes. Empezando a leer el primer libro, ante la poca luz, pienso en lo que había hecho y me digo: “Que cosas tienes, Bobby”. No le doy importancia al asunto, lo veo como una mera anécdota.

15.00 p.m. Tras tomar el metro, llego a la peluquería, donde tenía cita. Es una academia de peluquería donde es más económico pelarse… pero parece que es una escuela de prestigio. Está llena de chinitos, chinitas, japonesitos, japonesitas y gente de todas las nacionalidades mejorando sus cualidades con la tijera. Muchos de ellos parece que tienen buena posición económica, e incluso vienen con intérprete. Bien. Siguieron sucediendo cosas extrañas: mientras que me pelaba una coreana, Yujin, a su lado estaba una intérprete, también coreana. Mientras que Yujin estaba, tijera en mano, tratando de darle sentido a mi enorme cabeza… yo entablé conversación con la intérprete. Se llamaba “Moon” (“luna” en inglés), y tenía la belleza de esas orientales que en aquellas películas de Hollywood hacían perder la cabeza a los marinos americanos. Llevaba tres años en Londres, había vivido en Marruecos, conocía Granada y las cuevas del Sacromonte, amaba la paella, el flamenco… ¡pero bueno!, me dije a estas alturas… ¡cualquiera pensaría que le estoy tirando los tejos a la chica! Y seguramente, sin darme cuenta, lo estaba haciendo.

Salí a la calle. Oxford Street. 17.30. Hora punta. Hacía calor. De las tiendas entraban y salían mujeres y hombres; por la calle paseaban mujeres y hombres; pero yo sólo veía a las primeras. Habían dejado atrás el invierno, los abrigos, los jerseys, los impermeables londinenses… habían llegado las camisetas con tirantes, las faldas y otros elementos de la vestimenta femenina tan perniciosos para los ojos de los hombres.

Debo escapar de aquí, pensé. Caminé hacia Marble Arch… y crucé a Hyde Park. Atravesé el parque hacia el sur… pero no sirvió de nada: en el césped, apoyadas junto a los árboles, junto al lago, paseando a perros, dando de comer a las ardillas, haciendo deporte, montando en bicicleta… estaba acorralado por mujeres.

La primavera había llegado. De improviso. Lo tenía que haber sospechado. El primer aviso fue aquel día en la biblioteca de la LSE cuando, al andar, me llevé por delante a una chinita por estar mirando a una chica en el otro lado del vestíbulo.

Le ha costado. Hemos tenido nevadas, vientos y, por supuesto, lluvia. Pero la primavera ya está aquí. Y uno, a sus treinta primaveras (que no veranos), ha perdido el miedo y el pudor a reconocer el placer de disfrutar de la belleza, de los cuerpos, de las miradas, del olor de la carne, de los gestos y, en definitiva, de la sexualidad. Mirar, (con la impunidad de mi soltería) desear y disfrutar de una mujer en todas sus esferas, afortunadamente, ha dejado de ser un tabú. Sólo hay un problema: hoy ha vuelto a llover.

Monday, April 21, 2008

Humor y política

Quién me iba a decir a mí que un tío vestido de falangista iba a tener tanta gracia.

Thursday, April 17, 2008

Una giornata particolare


El buen cine tiene la capacidad de emocionarme. Aunque sea en una sala medio vacía de South Kensington, en un patio de butacas antiguo, rodeado por espectadores de avanzada edad a los que nunca vi el rostro.

Tras un día en la British Library y una rápida conferencia en un congreso de nacionalismo, hoy he ido al cine. He visto 'Una giornata particolare' (¿un día especial?), de Ettore Scola, protagonizada por Marcelo Mastroianni y Sofía Loren.

La película cuenta una historia peculiar. En la Italia fascista, Hitler llega a Roma. Todo un bloque de pisos de cualquier 'quartiere' romano va en masa a ver al Führer y al Duce; un bloque que bien podría ser la sociedad. Sólo quedan tres personas en el edificio: la portera fisgona y cotilla, plasmación de eso ojo que siempre nos mira y censura; Sofía Loren, una madre de familia casi analfabeta, con seis hijos y un marido 'camicia nera', aparentemente volcada con el fascismo; y Marcelo Mastroianni, un locutor de radio apartado de su profesión por su homosexualidad.

Y poco más, o casi nada más, es el guión de este film: él y ella se encuentran, buscan la conversación del uno con el otro. Ambos quieren escapar a un mundo que los margina, que no los tiene en cuenta y que calla su voz. La necesidad de escapar de la soledad, de buscar un abrazo, luchar por un futuro mejor les lleva a un amor perfecto... pero imposible a la vez.
Marcelo Mastroianni nos hace sentir que el cine, a pesar de los años, las ropas de otra época o las lenguas ajenas, es algo humano. Algo que podemos tocar con nuestras manos, que nos puede hacer llorar y que hace que tengamos ganas de abrazar a alguien. Mastroianni tiene ese olor del hombre cotidiano, del hombre común, pero que acaba siendo más héroe que cualquier caballero legendario. Siempre viste con ropa tradicional, sin esperpento, y mira con esos ojos de cualquier hombre, sonríe o se entristece como cualquiera de nosotros. Mastroianni vive las historias que nadie cuenta, que a todos nos pasan desapercibidas. Muchas de las cuales pueden habernos sucedido a nosotros. Quizá esas son las más importantes.

Tuesday, April 15, 2008

El club de la calle del trago

Para que mis lectores se reafirmen en la idea, del todo falsa, de que mi estancia en Londres es sólo asueto, relax y juerga... aquí va este post.

El jueves pasado entré, por primera vez, en un club londinense. No había que ir muy lejos para encontrar el 'Volstead': estaba junto a Picadilly Circus, en una bocacalle de Regent Street de nombre más que alegórico: Swallow Street, la calle del trago.

Londres es la ciudad de los clubes. Son lugares exclusivos, donde los visitantes deben estar inscritos en una lista de espera, previa reserva. Se suele exigir, además del pago de una considerable candidad por la entrada (salvo a las féminas, como siempre), un cierto grado de 'elegancia' o 'vestimenta'.

Y allí fuimos. Yen y yo, mi chino-compañero de piso, fiel amigo en este año, con nuestras chaquetas al estilo londoner. Habíamos quedado con un grupo de gente del que sólo conocíamos a una persona (la chica croupier). Las cosas de Londres: una china, una rusa, un chico de Arabia, tres españolas, y una chica de Manchester a la que no conseguí entender en toda la noche.

Era un sitio pequeño. Pista de baile con alcachofa de brillantes pegada al techo. Luces oscuras. Sin humo. Una pista de baile pequeña con un DJ bastante inspirado. Y alrededor, mesas con botellas de champagne, rodeadas por sofás de cuero negro. Había de todo: mujeres guapísimas con vestidos de gasa, al estilo de los últimos sesenta... rápidamente caí en la cuenta que, por qué no, este pudo ser uno de esos míticos clubs donde Mick Jagger, Keith Richards y, por qué no, alguno de los Beatles (quizá George, el más juerguista), desplegaban noches de desenfreno con chicas, drogas y mucho rock n' roll.

El rock había desaparecido. Pero supongo que seguían los bailes sexys, los restregones de calor y de pieles sin pedir nada a cambio. También las conversaciones a gritos, repetidas una y otra vez al no ser oidas. Y por supuesto, las peleas, típicas de este gran país donde me encuentro.

Fuimos de los últimos en abandonar el local. Nos tocó llevar a la chica china y a la chica de Manchester a casa o, mejor, a un taxi. Yo seguía sin entender nada de lo que me decía, mientras que las agarrábamos para que se mantuviesen en pie.

Además de para vivir una noche peculiar... la ocasión sirvió para algo. Comprendí por qué la mayoría de las mujeres inglesas no me atraen demasiado. Me arriesgo a volcar mis reflexiones en este blog, aún teniendo presente precedentes en que las mujeres que lo leen me asestaron severos correctivos. Por regla general, las mujeres inglesas, en estas noches, van vestidas para impresionar... demasiado; maquillajes que llegan hasta el cuello y se esconden tras las orejas; faldas tan cortas y escotadas que son más resultonas que atractivas; y unos tacones de punta fina que, todo sea dicho, no aciertan a manejar con demasiada naturalidad. A mi tercera cerveza en ese club caí en la cuenta que son tan exageradas en su vestir que bien podrían ser hombres.

La noche se cerró con esta reflexión. La mañana se abrió con otra: no volver a hacerlo. A las 9.00 estaba saliendo, ibuprofeno en boca y café en estómago, vía British Library. Ahora, desde la siempre calma West Norwood, espero vuestros comentarios.

Wednesday, April 09, 2008

JJ


Tranquilos todos: no es mi hijo el que tengo en brazos. Todavía no me ha llegado la madura edad para dar el paso y tampoco he encontrado a la tierna víctima con quien tener descendencia. Por extraño que parezca, es mi primo.

Sí: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida", cantaban los cubanos Buena Vista Club Social. Y es que por ahí van los tiros: su nombre es Juan José, más conocido como "JJ". Nació en Cuba y tiene sólo 18 meses. En esa fugaz semana en Granada tuve la suerte de conocerlo, así como a su madre, Alina.

Seguramente detrás de la sonrisa de JJ hay una historia triste, en la que mi sangre ha tenido mucho que ver. La pobreza llega a nuestras orillas... pero a veces somos nosotros los que llegamos a las suyas. El resultado es inquietante, tiene varias caras y medidas.

Pero me quedo con la imagen de este nuevo primo mío cuando, a primera hora de la mañana, justo al levantarme, me lo encontré en la cocina bailando al ritmo de la canción improvisada por mi madre. Se revolvía sobre sí mismo, agitaba los brazos, movía las caderas, sonreía y clavaba sus ojos alegres en nosotros. No tenía miedo: abrazaba a los perros y trataba de cabalgar sobre ellos. A día de hoy no sé en qué orilla terminará pasando sus días; como tampoco sé, a veces, qué orilla es más sucia.

Monday, April 07, 2008

Nieve / Snow


Justo después de una semana de calor, refugiado en la British Library Newspapers de Colindale, llegó el fin de semana. Y con él, el frío y otros amigos que vinieron a visitarme. Enseñar Londres en un día y medio es complicado. Quizá lo mejor es pasear por la ribera del Támesis. Eso hicimos el sábado, desde Westminster hasta llegar a la City of London. Caminando, escuchando a los músicos tocar, oyendo todas las lenguas del planeta, viendo a todos los mimos de la ciudad, y atendiendo a cómo el tiempo cambia poco a poco. Refugiados en la orilla sur, con la ciudad al frente, acorralados por los aviones que no cesan de perforar el cielo de Londres, entre unas nubes que a cada hora se hacen más densas, más espesas... hasta que el sol desaparece.

A la mañana siguiente West Norwood apareció nevado. Las calles estaban desiertas, los trenes vacíos y el silencio se imponía en la calle. Fue entonces cuando tomé esta foto: cuatro vías que no se tocan, que se pierden al final de un corredor, flanqueadas por unos árboles helados que nunca podrán ser más altos que el horizonte.

Friday, April 04, 2008

Una noche cualquiera


Como siempre que voy a Granada, no tengo tiempo para nada. Son unos días relámpago, que pasan volando, donde apenas no tengo tiempo de llamar a nadie, que pasan como un sueño rápido e intenso. A la vuelta tengo tiempo de digerir todo. Como lo que pasó la noche del sábado.

El sábado fue una de esas noches que parecen normales, un más. Pero en realidad, cuando uno lo piensa, suceden demasiadas cosas y, mirado desde una cierta distancias, cae uno en la cuenta que el esperpento fue el protagonista. Ahí van algunas pinceladas para los lectores: algunos estaban allí y otros no; en todo caso, podría pasar a cualquiera. Disculpad el desorden, pero el alcohol, el humo y el bullicio me hace imposible recordar tiempos.

La primera parte sucedió en "Aterriza como puedas", un bar tan entrañable como su nombre, divertido y peligroso.

- Mientras que un amigo probaba todas las esquinas y paredes del bar con una víctima, Alex y yo nos encontramos en el servicio con una chica. Las pupilas más dilatadas que Garfield, y un poco tocaílla. Muy guapa, consiguió comentarnos que no había papel en el servicio de señoras. Le respondí que qué se hacía entonces, que si se pedía papel en la barra... que no sabíamos muy bien, pues 'tu sabes, somos tíos'. A lo que ella, apoyada en la pared, espeta: 'tios, tios... en todo caso primos o hermanos' (lo decía en serio).

- Mientras que mi amigo seguía retozando por las esquinas, y todos comentábamos la jugada, lo pasábamos de cine. Y hablando de cine: mientras que las copas y las charlas caían por doquier, en el bar se proyectaba 'El guateque', la mítica película de Peter Sellers.

Cuando mi amigo terminó de visitar las esquinas del bar, huyó a su casa. Los que quedamos nos fuimos al 'Sugar Pop'. La gente, surrealista. Pero lo más surrealista la salida y vuelta a casa. Quedábamos Fernando y yo. Justo en la puerta vemos al mítico cantante de Lagartija Nick, antiguo bajista de 091. Con unas copichuelas de más, decidimos acercarnos:
- 'Tío, lo habéis bordao con el último disco', le digo.
Al hombre le alegramos el día y la semana. Muy amable, con los ojos un poco danzarines, nos lo agradece y se muestra cariñoso. Pero yo, decido darle más carrete:
- ¿Te has dado cuenta que han pinchado 'Estratosfera'? (uno de los temas más míticos de Lagartija Nick).
¿Su respuesta? '¿Ah si? Bueno, es que yo intento inhibirme'.

Caminamos al coche. Bajamos Emperatriz Eugenia, llegabamos a la Plaza de Menorca y... vemos a un corrillo de tres guitarras y 7 u 8 personas cantando como posesos a las 5.30 de la mañana. Desgañitados, coreaban de principio a fin 'Agradecido' del Rosendo. Y por supuesto, como nuestra ciudad es lo que es, todo el que pasaba por allí se sentía interpelado a cantar y a dar palmas. Pobres vecinos... pero que ambiente.

Y nos subimos al coche. Fernando llevaba dos horas a base de coca-colas. Pincha a el gran Quique González. Entonces, las típicas conversaciones: que bien lo hemos pasado, viste a cual o a tal, mira que nuestro amigo no lo entendemos, bla, bla, bla. A todo esto, pasando por el Hotel San Anton, pues lo típico: vemos a un hombre con los pantalones bajados, gallumbos enfundados eso sí, andando y tambaleandose por la calle. No hablaba con nadie, no enseñaba nada... solo andaba con la mirada perdida.

En fin, trozos de una noche, una de esas tantas que tantos habréis tenido y que, en la distancia, superan cualquier previsión y nos hacen difícil dejar nuestra casa. No sé cuántas llevo ya: noches y despedidas. He perdido la cuenta.

Wednesday, April 02, 2008

Canciones para escapar (V)

I haven't really ever found a place that I call home
I never stick around quite long enough to make it
I apologize that once again I'm not in love
But it's not as if I mind
that your heart ain't exactly breaking

It's just a thought, only a thought

But if my life is for rent and I don't lean to buy
Well I deserve nothing more than I get
Cos nothing I have is truly mine

I've always thought
that I would love to live by the sea
To travel the world alone
and live my life more simply
I have no idea what's happened to that dream
Cos there's really nothing left here to stop me

It's just a thought, only a thought

But if my life is for rent and I don't learn to buy
Well I deserve nothing more than I get
Cos nothing I have is truly mine

While my heart is a shield and I won't let it down
While I am so afraid to fail so I won't even try
Well how can I say I'm alive

If my life is for rent...

Wednesday, March 19, 2008

Los visitantes

Los últimos días han sido días de visitas. Y los visitantes no han podido ser, o son, más heterogéneos.

Primero fue el turno de Alex y Carmen. Mi viejo amigo, aquel que vino a visitarme a Nueva York e incluso llegó a colgar 'a alimón' algún post en este blog... ha estado por aquí. Ha sido un buen momento para conocer mejor a su novia: ahora entiendo por qué en aquellos días de Nueva York, aunque no hubiesen empezado la relación y él negase enamoramiento alguno... en aquel pub del Alphabet Town se echó hacia atrás y no hicimos nada.

Unas 12 horas después de su marcha, han llegado Manolo y Mati. Buenos amigos también. Manolo no habla inglés: sin embargo, demuestra unas habilidades inauditas para comunicarse. ¿En qué idioma? En ninguno. Ayer se escapó a la tiendecilla que hay junto a mi casa en un par de ocasiones: consiguió saber que no había ciruelas, se entendió con el pakistaní... Nos cocinaron a Yen -mi chinocompañerodepiso- y a mí un soberano (por grande, no por rey) 'pollo al whiskey'.

Y en medio de todo eso, la visita de Megan, una vieja amiga de Ann Arbor que se ha dejado caer por aquí. Saqué tiempo para estar con ella como pude. Nos vimos en Brixton, tomamos café, visitamos el mercado jamaicano, paseamos por el Southbank, la City... y acabamos comiendo en un koreano fantástico. Ella no paraba de sacar fotos. Le interesan las ciudades por encima de cualquier otra cosa, como muestra en su blog. Fue como si un pedazo de los días de Michigan invadiesen, de repente, las calles de Londres. Y con algún añadido:
También conocí a su amiga Eva. Una chica para la que Úbeda se quedó pequeña, también estudiar Arte en Granada, descubrir la fotografía en Barcelona... y ahora, Londres, donde busca empleo en cualquier galería. Pertenece a la misma promoción universitaria que yo, y es de esas personas que provocan, en el bueno sentido, al hablar y opinar.

Las vidas cruzadas de esta ciudad no tienen fin. Todas estas siluetas, en menos de dos días. Mientras tanto, este blog dormía abandonado, a la vez que por las calles de Granada ya se pasearán las procesiones de Semana Santa... y esta biblioteca se ha quedado desierta.

Tuesday, March 11, 2008

Mi personaje (IV) - Una tarde con Lucila

No. Tranquilos. No me vuelo, no me llevan los aires que azotan Inglaterra; tampoco me arrastra el Támesis. Algunos os habéis molestado en escribirme un correo para preguntar por mi destino. Tranquilos: resisto en mi pequeño suburbio del sur de Londres.
Hoy ha sido un día especial. Otra vez me he cruzado con la historia de "Carlos Posada", "mi personaje". Este hombre al que ya dediqué posts anteriores: escribió un diario durante la Guerra Civil y, el destino, me hizo encontrarme con su hija, autodesterrada en Londres, y su nieto.

Bien: hoy he ido por primera vez solo a visitar a Lucila, su hija. Tiene 85 años, una vitalidad increíble y una vida que no quiere apagarse. Vive sola en la zona de Earl's Court. Y me esperaba a las tres de la tarde.
Entre la lluvia y el viento, me presenté en su puerta diez minutos tarde. Rápidamente, nos sentamos en su salón, mirando a un jardín interior. Y mientras que la lluvia cae sin cesar, mientras que las ramas de los árboles quieren entrar en nuestra conversación agitándose sin cesar... se abren las puertas de la Historia.
Enchufo la grabadora, con su permiso. Y comenzamos a conversar. Se nos va el santo al cielo. Lucila habla de su niñez, de sus creencias, de Dios, de la guerra civil, de la república, de la posguerra, de cómo conoció a su marido, de cómo educó a sus hijos, y de quién era su padre... Lo hace con templanza, pero apasionada: a sus años, sigue sin entender cómo llegamos a aquello, por qué asesinaban a gente bajo su casa del Parque Metropolitano en Madrid de 1936... y por qué en la España franquista la represión retumbaba a sus espaldas, mientras que recordaba cómo un buen día, mientras que su padre le daba clases de francés, se la llevaron a la cárcel de Ondarreta (San Sebastián). Frecuentemente, se interrumpía a sí misma y me preguntaba: "ah, ¿pero no quieres nada? ¿no quieres un té? ¡No te he dado nada, soy un desastre!"

Creo que Lucila ha sido feliz reviviendo su pasado. Cuando apagué la grabadora, seguía hablando y tuve que encenderla un par de veces más. Incombustible. Asumía que la guerra civil, pese a sorprenderla con escasos 16 años, fue el acontecimiento de su vida. Quizá Lucila necesitaba hablar.

Después, me ha enseñado unas fotos fantásticas de su padre y su familia. Me empeñé en ir a escanearlas. Se ofreció a acompañarme... ¡conduciendo su coche! No sabía qué podía pasar. Entre la ventisca, la lluvia y las hojas caídas, su coche avanzaba hacia High Street Kensington. De milagro no nos matamos. Los autobuses de dos pisos, los taxis y los lujosos coches de Chelsea pasaban a menos de un palmo de distancia...
Finalmente llegué a la copistería. La verdadera sorpresa del día llegó al pagar: 47 libras. Palo de los buenos. Mis cálculos económicos mensuales a la basura. Volví a casa andando, pues Lucila no podía aparcar su coche y tuvo que regresar (casi lo preferí). Helado, volví a llamar al timbre. Otra vez me recibió, esta vez con unas tostadas, agua y helado de fresa.

La dejé pegada al teléfono, hablando con una antigua amiga de la Institución Libre de Enseñanza, donde estudió. Minutos antes me confesaba que, aunque lucha cada día contra la soledad, no supone para ella ningún problema. Pensando en todo eso, salí a la calle, me tragó la boca de metro, llegué a una estación Victoria desierta y, por fin, a West Norwood. La experiencia hizo que los 47 pounds se quedasen en una anécdota que debía ser contada en un post tan largo como este.

Monday, March 03, 2008

El Graduado / The Graduate

Ya no se hacen películas como esta: tan originales, con una historia tan buena que contar y unos actores espectaculares. Pero, a veces, las cosas tienen que llegar en el momento justo para que no pasen desapercibidas y podamos valorarlas. Ha sido el caso de "El Graduado" (1967).

Es la historia de un joven graduado, de familia muy acomodada que, al terminar la carrera, no sabe dónde dirigir su vida. Es entonces cuando el sexo y, después, el amor, salen a su paso. Juventud, sexo, amor y soledad, palabras que seguramente tienen mucho más en común de lo que acertamos a comprender. Como esa escena en el campus de la universidad, en la que el protagonista está sentado, sin nadie alrededor, esperando a la mujer que tiene que decidir, con su opción, qué será de su futuro. Es en ese, o en otro momento de la película, cuando escuchamos eso de "hola oscuridad, querida amiga, vengo a hablar contigo otra vez", en esa banda sonora que parece provenir de otro mundo.

Estar enamorado supone hacer cosas estúpidas, irracionales, sin sentido. Cuando todo está calculado, cuando se siguen los pasos correctos y definidos por nuestro entorno... quizá no lo estemos. Benjamin, (Dustin Hoffman) el protagonista, deja su casa, su vida, decide que va a casarse con alguien que lo detesta, suplica el perdón de lo imposible... y destroza una boda. Cruza los límites, como hacen los verdaderos héroes, rebasando las normas sociales, como hacen los hombres y mujeres enamorados. Si Marlon Brando se bajaba los pantalones y enseñaba el culo a la caduca burguesía en "El último tango en París"... Dustin Hoffman asalta una iglesia, grita, golpea los cristales, abofetea al padre de la novia, la abraza y, blandiendo una cruz (todo un símbolo), mantiene a raya a los que se oponen a sus sueños. Esa misma cruz sirve para encajar la puerta y dejar a la sociedad hipócrita, a lo establecido, encerrada en su templo.

Él y ella, de blanco, escapan en un autobús sonriendo, emocionados. Pero los sueños y el amor dicen que duran poco. Y cuando se tiene lo añorado los sueños se diluyen, la magia desaparece, el futuro se hace plomizo. La última escena nos anuncia la normalidad más cansina, seguramente tan ajena al amor, y tan propia de los que alguna vez estuvieron enamorados: sin un beso, sin una caricia, sin una mirada, los novios miran al frente con la mirada perdida, sin brillo, mientras que el autobús sigue su camino.

Wednesday, February 27, 2008

Tortillas, debates y pasado

Dos fogonazos en el tiempo y en el espacio, uno mío y uno ajeno. Todos, de una u otra forma, me pertenecen.

1. Hace un par de días, preparaba una tortilla de patatas en la cocina de nuestra casa malaya-española de West Norwood. Posiblemente para buscar inspiración culinaria, pero también por la preocupación que tengo por mi país aún en la distancia, lo hacía con el portátil encendido, junto al microondas: escuchaba el debate entre Zapatero y Rajoy. Comentarios aparte sobre el aburrido, bilateral y plano debate, hubo un momento en que Mariano Rajoy acusó al presidente del gobierno de preocuparse por "cosas que a nadie importan" como, entre otras cosas, la Ley de la Memoria Histórica.

2. Al día siguiente, leyendo en la biblioteca sobre la guerra civil, encontré un testimonio de aquellos años. Era de un hombre común, un riojano humilde que, tras estar en la cárcel, iba a ser asesinado. Escribió una última carta a su familia, despidiéndose:

“Mi querida esposa e hijos:
Al recibir esta carta no sé si yo, en vida o muerto, os ruego me perdonéis si durante nuestro matrimonio os pude molestar en algo. Las circunstancias de la vida me trajeron a esto, no por haberme hecho acreedor a ello, ¡estar seguros!, sino por malos quereres a la familia, y que en mí se cebaron. Con entera resignación lo soporto ya que también Jesucristo sufrió por todos y pagó culpa que tampoco había cometido. Vito,[su mujer] por todos los medios te ruego en mis últimos momentos no des padrastro a nuestros hijos, lucha hasta el fin por ellos como yo en todo momento sabes he luchado por la vida, y sólo para vosotros: dales buenos ejemplos, procurando siempre no dejar a las hijas caer en el vicio; y a nuestro Chomí, hoy niño, luego hombre, moldéalo para que como yo sea amante de su familia y prójimo: a ti nada he de decirte, puesto que eres modelo de esposa, eso sí, no des padrastro a nuestros hijos, vive con tus ancianos padres, que aunque viejos te ayudarán en todo que puedan, como siempre. Y nada más, querida esposa e hijos, me quitan de vosotros, lo que más quiero en el mundo, para mandarme al otro, el de los olvidados para siempre. Adiós a todos, acordaos un poco de mí.
Tu esposo, Cipriano”.


Posiblemente nada cambie después de las elecciones. Gane quien gane. Pero testimonios como estos son más nuestros que las palabras encorsetadas, los eslóganes y los discursos con olor a rédito electoral de los políticos. Dicen que el futuro es nuestro, "de todos los españoles": ¿es acaso nuestro pasado reciente de todos los españoles? Algunos se empeñan en que no lo sea.

Monday, February 25, 2008

Un barrio, Camden Town

Camden Town fue el primer barrio de Londres que visité. Venir a Londres como turista es ver museos, pasear (y comprar) por Oxford Street, deslizarse por el Soho de bar en bar, ver el ambiente de Convent Garden... pero al ir a Camden se descubren los barrios.

Londres tiene, en sus barrios, el olor a pueblo, la marca de algo apartado, pequeño, en mitad de una gran ciudad. Camden es buen ejemplo de ello, aunque esté inundado de turistas. Es célebre su mercado. Al norte de Londres, los fines de semana, nada más bajar en la parada de la "Northern Line" uno percibe que ha llegado a un lugar peculiar. El mercado llega casi a las barreras de entrada de la estación y la gente se agolpa en torno a ella. En Camden, lo heterogéneo sale a la calle: rastafaris, punkies, rockers, grunges (si todavía existen), modernillos, pintillas, góticos... junto a turistas curiosos que, por su aspecto y olor a normalidad, están completamente fuera de lugar.

Subiendo la calle principal, Camden Road, encontramos cada vez más tiendas. Cruzamos el canal, donde siempre el mismo tipo nos ofrece cualquier droga (todas). Sobre el puente podemos ver las tiendas, las barcas, los torbellinos de gente, el agua, los barcos, el humo de los cigarros (y otras cosas), las terrazas... cuando es un día soleado, es de los mejores lugares de Londres. Tengo un buen amigo que vivió en Camden y que, junto al muelle, pasó una de las mejores tardes de su vida.

Tras el canal, hacia el norte, las tiendas te atrapan. Hay tiendas de todo. Pero si por algo es conocido Camden, es por la ropa. Hay ropa hippie, sesentera, vintage y de segunda mano, gótica, heavy, ochentera, exótica, militar, galáctica y, una de las atracciones del mercado, ropa cyborg. Todo adobado por tiendas de comida rápida, donde la comida barata de Japón, México, India... y por supuesto, China, quedan a nuestro alcance.

Camden tiene el aspecto de un lugar especial. Y es un barrio especial. La gente que lo habita es buena prueba de ello. Aunque son visibles los fines de semana, los turistas los entierran. Por eso, entre semana, Camden es otra cosa. El mercado es más transitable. Los dependientes, casi siempre gente joven, suelen residir en el barrio, y la gente que camina por la calle también. Están más a la vista los bares con música en directo, tales como el "Bar Fly", "The Roundhouse" o el mítico "The Dublin Castle", donde dieron sus primeros pasos grupos como Blur o Coldplay. También se esconden pubs como "The Lock Tavern", uno de esos bares siempre difíciles de abandonar, donde incluso en tardes de lunes surge lo más inesperado.

El otro día se declaró un incendio en Camden. A cuenta de ello viene este post. No cabe duda que no supondrá ningún reto para el futuro del barrio. Por lo vetusto de sus edificios, de ladrillo oscuro eterno, por el carácter de sus vecinos, y por los jugosos intereses económicos que se esconden tras el mercado, saldrá a flote. El día del incendio, en el "Bar Fly", se celebraba un concierto de música metal. Las llamas paralizaron el concierto, los heavys salieron a la puerta enfervorecidos, gritando y admirando el poder de unas llamas que se alzaban veinte metros sobre el mercado. Después de la catástrofe, siempre renace algo nuevo.